El apagón dejó en evidencia a quienes llevaban años preparándose para el fin del mundo
El gran apagón ibérico dejó una paradoja que nadie esperaba: varios de los fallecidos eran precisamente quienes se habían preparado durante años para un escenario así. Según el recuento que circula en el foro, una familia de tres personas murió por los humos de un generador doméstico y otra por las velas que encendió al quedarse sin electricidad. La quinta víctima, una persona con graves problemas respiratorios que dependía de un aparato eléctrico, tenía, según la descripción que circula, «fecha de caducidad». El resto de la población española, ajena a los manuales de supervivencia, se limitó a hacer cola en el supermercado.
El preparacionista que se quedó sin margen
La figura que concentró el interés fue la de José Luis Presas, un preparacionista que se hizo visible en entrevistas tras el apagón. Presas, que dice haber trabajado como mercenario en varios conflictos y regenta una finca en Segovia además de un piso en Madrid, se presenta como instructor de supervivencia y tiro táctico. Bebe agua de cantimplora incluso en el sofá de casa. Va al cine con una mochila de 36 kilos cargada de torniquetes, cuchillos, mecheros y cuerda. Conduce un Hummer cubierto de pegatinas de Mad Max.
La comunidad no tardó en hacer números. Según varios mensajes, la empresa con la que imparte cursos, 3KR, se habría constituido hace apenas unos meses, y las estancias en Bulgaria o Turquía que relata como experiencia bélica no estarían documentadas. Hay quien sostiene que su preparación física no resiste un examen serio y que se tapa el cuerpo con la chaqueta en las entrevistas para disimularlo. Otros defienden que, independientemente del personaje, sus conocimientos sobre armas son sólidos. La discusión derivó hacia un asunto más incómodo: ¿de qué sirve un arsenal si no puedes defenderlo?
Nueve comidas entre la civilización y el caos
El argumento que recorrió todo el intercambio fue el de la fragilidad logística. La producción y distribución de alimentos depende de una cadena que funciona «como un reloj suizo», y basta con que se detenga para que el suministro se interrumpa. La cita atribuida a Henry Lewis —«solo hay nueve comidas entre la humanidad y la anarquía»— se repitió como advertencia. ¿Cómo se alimentan los siete millones de habitantes del área metropolitana de Madrid sin energía?
La respuesta que dio el apagón fue el pánico comprador. Los supermercados se vaciaron en cuestión de horas. Quienes llevan años preparándose señalan que la mayoría de la población no aguantaría una semana en un escenario de colapso. Los más veteranos recuerdan que en la España rural los cortes de luz duraban días y se resolvían con velas, cocina de gas, agua de pozo y chimenea. La diferencia es que entonces no había cincuenta millones de personas apiñadas en ciudades.
El agua, el punto ciego de todo kit
Uno de los mensajes más repetidos apunta a un fallo básico en la mayoría de preparativos: el agua. Almacenar víveres, linternas y pilas es relativamente sencillo, pero el agua ocupa espacio y peso. Sin ella no se aguanta ni tres días. La conclusión que se impone es que las garrafas son el elemento crítico, por encima de cualquier otro gadget.
El otro gran ausente es la munición. La tesis dominante es que, cuando impera la ley de la selva, lo que importa es formar un grupo de confianza —normalmente la familia— y tener armas para defender los suministros. Almacenar latunes sin poder protegerlos se considera un ejercicio de ingenuidad. Y transportarlos a pie, una quimera.
La pregunta que queda abierta
El apagón duró menos de lo que habría hecho falta para poner a prueba de verdad a los preparacionistas. Los cortes se resolvieron en horas. No hubo disturbios, no se agotó la comida, no hizo falta racionar. Quienes llevan años preparándose para el colapso vieron pasar su gran ensayo sin poder demostrar nada. ¿Qué habría pasado si la luz no llega a volver en seis horas?