El fútbol no siempre une: la victoria de la selección que divide a la España más desencantada
Mientras las calles de la mayoría de las ciudades españolas se llenaban de banderas y cánticos tras el pase a la final del Mundial, un sector de la población mantenía una distancia activa. No se trata de indiferencia: es rechazo frontal. La paradoja es que la misma selección que moviliza el fervor patriótico en unos, despierta en otros un resentimiento que hunde sus raíces en la crisis de identidad, la precariedad económica y la desconfianza en el relato oficial.
La victoria sobre Francia —con goles de Rodri y Olmo, según los comentarios— no fue unánime. Tras la felicitación de Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo, el silencio de Santiago Abascal e Ignacio Garriga fue interpretado por algunos como una declaración política. Pero el malestar va más allá de las cúpulas: hay toda una corriente de opinión que ve en la Roja no un símbolo de orgullo, sino una herramienta de propaganda.
La bandera secuestrada: la batalla por los símbolos
Uno de los argumentos más repetidos es que la selección ya no representa a la España que sus críticos reclaman. “Hace 30 años me hubiera alegrado que la roja triunfara, pero hoy ya no existe la roja; hoy existe la zain”, resumía una de las intervenciones. La equipación, el himno, la propia denominación —de rojigualda a roja— se interpretan como una apropiación política. Para algunos, el equipo es un escaparate del “régimen del 78” y su proyecto de nación posmoderna. Otros van más allá y cuestionan la composición multirracial del plantel: un dato que, aunque incómodo, dibuja una línea divisoria entre quienes celebran la diversidad y quienes la rechazan como ajena a su idea de España.
La politización del triunfo es otra clave. “Politizar los triunfos de la selección, como en cualquier dictadura que se precie”, se lee. La coincidencia entre el éxito deportivo y momentos de crisis política —el IPC rozando el 4,2%, la inflación desbocada— alimenta la sospecha de que la alegría es inducida para desviar la atención. No es casual que la expresión “pan y circo” aparezca una y otra vez.
Precariedad y escepticismo: “22 millonarios sobre una alfombra verde”
La desconexión entre la élite futbolística y la realidad cotidiana es otro punto de fricción. “¿Qué felicidad puede reportar que 22 millonarios jueguen una pachanga sobre una alfombra verde, cuando mañana a las 6 de la mañana la gente está en el Cercanías camino de la nave del patrón con medio sueldo gastado en alquiler y comiendo en Mercadona?”, se preguntaba un mensaje. El argumento no es nuevo, pero gana fuerza cuando la inflación y el precio de la vivienda aprietan. Mientras los jugadores ganan cifras astronómicas, el ciudadano medio ve cómo su poder adquisitivo se reduce. “Disfruta, hasta que ya no llegues a final de mes”, remataba otro.
La crisis de la vivienda, el precio de los alquileres y la precariedad laboral son el telón de fondo. Un foro de debate —que no citaremos— resume bien la sensación: para muchos, alegrarse por el fútbol es casi una ofensa cuando la vida material se deteriora. El fútbol como opio del pueblo, en la vieja tesis marxista, pero actualizada con ejemplos de la clase media que se siente exprimida.
Indiferencia y orgullo: dos caras de la misma moneda
No todo es rechazo activo. Hay quien simplemente no siente nada. “Me da igual que ganen o pierdan”, confiesan varios. La indiferencia también es una forma de resistencia a la presión social por celebrar. Pero también hay quien celebra sin complejos, aunque con matices: “Estoy contentísimo. Jugaron cojinudamente. Son españoles que están en la cima de su profesión y van con la cabeza alta”. Esta postura, sin embargo, no es mayoritaria en los círculos críticos, donde predomina la sospecha de que cualquier alegría colectiva es manipulada.
La división es tan profunda que algunos llegan a desear la derrota de la selección. “Yo estoy deseando que eliminen a la fruta roja”, se lee. No es una broma: es la expresión de una parte de la ciudadanía que ha roto todo vínculo emocional con el equipo nacional.
El domingo se juega la final. La Roja puede traer un título mundial, pero el debate sobre qué significa y para quién ya está servido. ¿Es la victoria un bálsamo para la España real o una cortina de humo? La respuesta, como las celebraciones, no es unánime.