La geometría de los vuelos que pone en jaque a la Tierra plana
A comienzos de 2019, el frente terraplanista se trasladó a las rutas de los vuelos comerciales de larga distancia. Después del caso de la curvatura entre Mallorca y Barcelona, la nueva prueba preferida eran los trayectos que, vistos en un mapa plano, parecen no tener sentido: escalas imposibles, desvíos hacia el norte, horas de vuelo que no cuadran. La conclusión que se extrae es que la Tierra sería una proyección geométrica, no una esfera.
Las rutas que no parecen lógicas sobre el globo
El caso estrella es el vuelo de Perth a Johannesburgo con escala en Dubái. En una esfera, la ruta directa sería más corta bajando hacia el sur; hacer escala en el Golfo, al norte, resulta a primera vista un rodeo absurdo. También se citan vuelos de Seúl a la residencia de Elvis Presley o las rutas transantárticas que, según esta corriente, o desaparecen o bordean el continente a más de 1.500 kilómetros. Para quien defiende la Tierra plana, todo encaja si se usa la proyección azimutal equidistante centrada en el polo norte. «Encaja a huevo», se insiste.
La respuesta: círculo máximo y cartografía
La réplica es anterior a la aviación: sobre una esfera, la distancia más corta entre dos puntos no es una línea recta en el mapa, sino un arco de círculo máximo. Por eso los vuelos transoceánicos del hemisferio sur suben hacia el polo o cruzan el Ártico: es menos recorrido, aunque en la proyección de Mercator parezca un desvío. Es el mismo principio que usan los navegantes desde hace siglos. La referencia a los artículos sobre círculos máximos y rutas aéreas desmonta la supuesta anomalía.
Vuelos directos que no deberían existir
La contradicción mayor para el mapa plano viene de los vuelos directos en el hemisferio sur. Buenos Aires-Ciudad del Cabo son 6.800 kilómetros y existe ruta directa. São Paulo-Ciudad del Cabo son 6.400 kilómetros y hay vuelo que los recorre en unas 7 horas y media. Si la Tierra fuera plana con las distancias que maneja el terraplanismo, estas rutas deberían ser muchísimo más largas o imposibles. Lo mismo ocurre con Santiago de Chile-Sídney, donde hay conexión directa de unos 11.000 kilómetros, frente a rutas con escalas que duplican el trayecto.
El mapa plano que no existe
El problema de fondo es que no hay un mapa terraplanista coherente. Mientras unos defienden la proyección azimutal, otros admiten que no han cartografiado el planeta. Y las distancias internas no se sostienen: Buenos Aires-Santiago de Chile saldría a casi 3.000 kilómetros, cuando la realidad operativa es muy inferior. Cada vez que se tumba un argumento, aparece otro nuevo; la secuencia se repite hasta la náusea. En eso, el terraplanismo se parece a otros relatos cerrados: la evidencia en contra se convierte en parte de la conspiración.
A fecha de esta discusión, la cuestión sigue abierta en los términos de siempre: no hay una sola prueba reproducible que encaje con el plano, y sí decenas de vuelos reales que solo se explican con la esfera. Pero la geometría y la fe no usan el mismo mapa.