Morir rico: ¿jugada maestra o putada cósmica?
En la era del «lechuginamente rico», la muerte se convierte en la última ironía. Un tipo con mansión, flota de coches y cuenta en Suiza se estrella con su Ferrari y adiós. Mientras, el mileurista que come chopped y se desplaza en un coche de veinte años se pregunta si el yate del difunto le sirvió de algo. La paradoja no es nueva: el dinero no evita el final, pero sí amplifica el contraste entre lo que se deja y lo que se tuvo.
El dilema del rico frente a la muerte
El argumento central es que el rico lo pierde todo: placeres, poder, estatus. Una corriente sostiene que esa pérdida es tan brutal que hace la muerte más dolorosa. ¿Imaginan tenerlo todo y esfumarse en un suspiro? El pobre, en cambio, tiene poco que perder; incluso la muerte puede ser un alivio tras una vida de penurias. Los datos del día a día lo ilustran: mientras el rico lloraba su último Rolex, el pobre apenas dejaba un colchón viejo.
Pero otra voz recuerda que el rico, al menos, ha disfrutado. El pobre, con suerte, una semana de vacaciones cada lustro. La muerte iguala, sí, pero no borra la calidad de los años vividos. El hedonismo, ese motor moral occidental, hace que el rico valore más cada segundo, y por eso su final es más trágico.
Transhumanismo: el sueño húmedo de los multimillonarios
Aquí salta la liebre del transhumanismo. Nombres como José Luis Cordeiro aparecen en medios divulgando la inmortalidad biológica. Los críticos lo ven como un delirio narcisista de élites que no aceptan su propia finitud. «Si logran extender la vida, será para ellos, no para el resto», apuntan. Y añaden: la sobrepoblación lo haría inviable, pero a los superricos eso les importa un pimiento. La muerte, al fin y al cabo, es el único impuesto que no se puede eludir ni con testaferros.
El pobre, el rico y la misma guadaña
El debate se cierra con una frase milenaria china que circula: «El hombre, nacer no pide, vivir no sabe, morir no quiere». Aplicada al contexto actual, suena a condena para todos. Unos mueren en un helicóptero como Kobe Bryant; otros, en una cama de hospital sin más compañía que el televisor de la Seguridad Social. La diferencia es de matiz, pero no de fondo.
Al final, la muerte iguala, pero el camino hasta ella no es el mismo. Y mientras unos sueñan con vivir para siempre, otros solo esperan que el final no duela demasiado.
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