España sabe diseñar un misil; fabricarlo entero es otra cosa
¿Podría España ser autosuficiente en misiles y drones para no depender de sus «amigos»? La pregunta, lanzada a vuelapluma, ha derivado en un pulso prolongado en el que conviven dos certezas incómodas. La primera: hay talento, ingenieros y proyectos reales. La segunda: falta la industria auxiliar para producir el conjunto sin importar piezas clave del exterior. En medio queda un país que presume —con razón— de haber diseñado submarinos, fragatas y cazas, pero que sigue comprando fuera el cerebro electrónico de casi todo lo que vuela.
Los proyectos que ya existen y nadie discute
El inventario es más largo de lo que sugiere el pesimismo ambiente. España figura en la lista corta de países capaces de diseñar y construir sus propios submarinos, con la saga S-80 como prueba de concepto, y opera fragatas F-100 con proyección exportadora. A eso se suma un consorcio —SMS— que aspira a fabricar en suelo español el sistema de lanzacohetes PULS, de origen israelí, que sus defensores colocan por encima del HIMARS estadounidense. También hay interés por integrar los misiles antibuque NSM de la firma noruega Kongsberg en submarinos y fragatas.
Y hay nombres que apuntan alto. Hay quien propone aprovechar el proyecto MIURA, de la empresa PLD Space —con apoyo del Ministerio de Defensa, según se afirma en el debate—, para desarrollar misiles balísticos de mayor alcance. La tesis que se defiende es concreta: disponer en torno a 2030 de lanzaderas propias, ingeniería inversa aplicada a los misiles antibuque y un vector balístico daría a España una capacidad de disuasión «bastante maja». A corto plazo ya hay pedido en firme: MBDA suministrará a España
más de 600 misiles Mistral 3. La lista de anuncios incluye, además, un submarino no tripulado presentado como cien por cien español y capaz de convertirse en arma kamikaze.
Fabricar no es ensamblar
El matiz que parte el asunto en dos es la distancia entre diseñar y ensamblar. Un ingeniero de la industria del automóvil lo resume con crudeza: en España se fabrican muchas de las piezas que luego otros países integran en sus máquinas y venden a precio de oro. Es el esquema de la multinacional sueca: hacer el trabajo duro por migajas y dejar el montaje y el margen al cliente final.
La objeción de fondo no es que falte inteligencia, sino que producir un sistema complejo exige una constelación de proveedores —electrónica, mecanizado de precisión, materiales— que no se improvisa. Ni en España ni en casi ningún sitio: hasta un objeto tan humilde como un palillo requiere maquinaria puntera que pocos fabrican en solitario. De ahí que la autarquía total se estrelle siempre contra la misma cifra: alrededor del
80% de las piezas de cualquier producto manufacturado llegaría de fuera, según la estimación que se maneja en el debate.
La electrónica, el eslabón perdido
Aquí está el núcleo del desacuerdo. Un misil es, en esencia, un cuerpo con motor y un sistema de guiado; el guiado es electrónica. Y la electrónica fina —chips, placas base, sensores— se compra. Ese es el argumento que rebaja el entusiasmo: sin capacidad propia de semiconductores, la autosuficiencia total es un espejismo. Como contrapeso, se recuerda que casi nadie produce el 100%: según se sostiene en el hilo, Israel tampoco fabrica sus propios chips y los drones de ataque turcos incorporan óptica canadiense.
Donde se rompe el consenso es en la dificultad técnica. Fabricar un misil convencional con guiado por infrarrojos, láser o radar es tecnología madura, al alcance de una ingeniería consolidada; incluso podría abordarse mañana mismo, se sostiene. Otra cosa es un vector hipersónico, de Mach 5 o más, con inteligencia artificial para esquivar contramedidas y guerra electrónica de última generación. Ahí la respuesta cambia: eso exige inversión, tiempo y una base industrial que hoy no está.
Una base industrial más ancha de lo que parece
Frente al relato del erial, otra corriente dibuja un país con industria de base en muchos frentes: naval, aeronáutica, automóvil, ferrocarril, química, farmacéutica y bienes de equipo. En todos ellos se aplica electrónica desde hace décadas, aunque sea comprada, y eso deja un poso de conocimiento. La pregunta no es si España puede fabricar «cualquier cosa», sino a qué velocidad y a qué coste cuando las piezas estratégicas siguen fuera.
El contexto empuja. En el sur, Argelia y Marruecos se rearman y son enemigos entre sí, de modo que contentar a uno irrita al otro. La percepción de que la paz estaba garantizada se ha agrietado.
El cuello de botella no es técnico, es político
Buena parte del desencanto apunta menos a las fábricas que a quienes deciden. El país cuenta, se argumenta, con politécnicas de nivel —alguna entre las 200 mejores del mundo— y con empresas de defensa que ya venden fuera. Lo que falta, sostienen, es previsión e inversión sostenida, no talento. La crítica se vuelve política sin ambages: se acusa a la clase dirigente de anteponer el intercambio comercial a una estrategia industrial propia y de haber preferido siempre encargar fuera antes que desarrollar dentro.
La otra corriente evita el marco nacional y apuesta por el bloque. La idea es agregarse a otras naciones hispanas —y, si se tercia, a Portugal— para ganar factor de escala en nuevos desarrollos, convencida de que España sola no alcanza los volúmenes que exige la industria militar moderna.
Hay talento para diseñar, capacidad para ensamblar y dinero para comprar. Lo que sigue en el aire es si existe voluntad para levantar la pieza que falta. ¿Es un problema de fábricas o de quién manda en ellas?