12 huevos a 1,35 euros: el ticket de 2004 que explica la inflación
En 2004, un carro de la compra en Mercadona costaba unos 50 euros. Veintidós años después, esa misma cesta ronda los 150. El ticket original, que circula estos días por redes, se ha convertido en una instantánea incómoda de la economía española: lo básico se ha disparado mientras los salarios miraban hacia otro lado.
La cesta de la compra se ha triplicado
Las cifras no necesitan adornos. Doce huevos salían a 1,35 euros; hoy rozan los 4,40. Cinco kilos de patatas costaban 1,35 euros, el precio actual de un solo kilo. El aceite de oliva, a 2,90. Las Coca-colas, a 0,39. Las salchichas, a 0,23. La suma: unos 50 euros. Hoy, la misma compra se acerca a los 150. En términos gruesos, todo lo que hay en esa bolsa se ha multiplicado por tres.
Hay quien matiza que no todo es comparable: aquellos huevos eran de gallinas en jaula y sabían a hierro; los de ahora son, al menos, de suelo. Pero el matiz no cambia el titular. La subida se concentra en lo más básico —patatas, huevos, pasta—, que es justo lo que más pesa en el presupuesto de las rentas bajas.
El euro, la impresora y la cuesta de enero perpetua
Sobre las causas, el análisis se parte en dos. Una corriente señala directamente a la entrada del euro: el redondeo de 100 pesetas por euro encareció el etiquetado casi de la noche a la mañana, y a los pocos años los precios ya se habían multiplicado por 1,6. La otra corriente apunta más arriba, a la política monetaria del BCE y a la expansión sin freno de la base monetaria. La inflación, se argumenta, no es un accidente sino un mecanismo de recaudación silenciosa: diluye la deuda pública y castiga al ahorrador. La impresora no se detiene, y el que más lo nota es el que guarda el dinero bajo el colchón.
El salario que se quedó en 2004
El contraste que duele no es solo el del precio de los huevos, sino el del salario. Mientras los alimentos acumulan una subida cercana al 350%, los sueldos apenas han crecido un 20% en el mismo periodo. Traducido: hace dos décadas, con una nómina media se llenaba el carro; hoy, la misma nómina llega justa. El SMI ha subido, sí, pero la comparación con la cesta de la compra deja poco margen para el triunfalismo. Lo que importa no es el número del salario, sino lo que se puede comprar con él.
El IVA castiga lo básico
Queda un tercer frente: el fiscal. En España, productos de higiene básica como el jabón, el dentífrico o el papel higiénico tributan al 21%. Lo mismo la ropa, el calzado y los electrodomésticos. La comida tampoco escapa. Hay quien sostiene que los bienes esenciales deberían tener un tramo exento, como en el Reino Unido, donde lo básico no paga IVA y algunos productos mediterráneos cuestan menos que en su país de origen. En España, la paradoja es doble: cuanto más sube el precio, más recauda el Estado.
Con estos mimbres, los análisis coinciden en el diagnóstico pero no en la cura. Unos piden disciplina monetaria; otros, una bajada de impuestos; otros, salarios por decreto. El ticket no resuelve nada. Solo constata que en 22 años la cesta se ha triplicado y la nómina no. La distancia entre la evidencia y la resignación es, de momento, la única conclusión.