The Telegraph avisa: Putin roza la victoria y Europa no se prepara
Veintiún meses después de que Rusia invadiera Ucrania, el relato que prometía una victoria rápida de Kiev se ha roto. La contraofensiva de verano no logró ningún avance decisivo y eso apagó las predicciones optimistas del presidente ucraniano, Volodymyr Zelensky, y de sus altos mandos. Él mismo lo admitió: «No obtuvimos todas las armas que queríamos, no puedo estar satisfecho». El análisis de
The Telegraph que ha encendido la conversación no se anda con rodeos: si Vladimir Putin sale ganador, aunque sea con avances modestos, la OTAN quedará retratada tras todo el apoyo militar prestado.
Dentro de la administración Biden gana peso una idea que hace un año sonaba impensable: presionar a Kiev para que pida la paz en vez de sostener una campaña con pocas opciones de victoria. En paralelo, Moscú militariza su economía con los ingresos del petróleo, ha autorizado
170.000 efectivos más y aprieta en objetivos como
Avdiivka, en el Donbás, donde los combates se han recrudecido.
Por qué 21 meses después Rusia aún puede montar una ofensiva
Hace unos meses, esa posibilidad parecía inconcebible: Moscú encadenaba reveses devastadores. Hoy el ejército ruso vuelve a atacar. La clave está en el dinero del crudo convertido en producción de armamento y en una ampliación de plantilla que ningún país europeo iguala. Conquistar toda Ucrania y colocar un régimen títere en Kiev sigue siendo muy improbable, pero cualquier desenlace que deje al Kremlin reteniendo partes importantes del territorio ucraniano se venderá como una victoria.
Y ahí está el problema. Una victoria rusa, aunque sea parcial, pondría en duda la capacidad de la alianza para frenar la agresión después de haber invertido tanto. Alimentaría además la idea de que Putin puede permitirse nuevos actos de agresión en el flanco este de la OTAN, convencido de que a Occidente le faltan recursos y determinación.
¿Cuánto tardaría Europa en poder defenderse? 15 años, según Alemania
El escenario que se manejó en una conferencia de defensa en Berlín fue apocalíptico: Europa
arrasada en un futuro conflicto con Rusia por la incapacidad de la OTAN de defender su flanco oriental, con el fantasma del Sacro Imperio Romano Germánico bajo Napoleón como comparación. El historiador militar alemán Sönke Neitzel cifró en
15 años el tiempo que tardaría su país en poder defenderse de Rusia. El jefe de la Oficina de Seguridad Nacional de Polonia, Jacek Siewiera, fue más urgente: la OTAN tiene
tres años para prepararse.
A la amenaza le falta respuesta política. El secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, lamentó la fragmentación de la industria de defensa europea —«no podemos trabajar tan estrechamente como deberíamos»— y avisó de que no aunar recursos puede socavar el suministro de munición a Ucrania. En Reino Unido, el análisis de la Declaración de Otoño de Jeremy Hunt sugiere que el Gobierno difícilmente cumplirá su promesa de subir el gasto en defensa del
2% al 2,5% del PIB.
Quien ve a Ucrania perdida y quien sostiene que Putin no puede ganar
El análisis se parte en dos bloques. Uno sostiene que la guerra ya está decidida: Rusia habría alcanzado los objetivos por los que entró —Ucrania no será miembro de la OTAN ni albergará bases extranjeras— y encima ha ampliado territorio. La OTAN, en este relato, ha quedado retratada: su industria militar no tendría capacidad de producción y sería demasiado cara, mientras Moscú se habría instalado en una guerra posicional con las fábricas a pleno rendimiento y una economía creciendo por encima del 3% pese a las sanciones.
El bloque contrario responde con la consigna de siempre: Putin no puede ganar. Desde ahí se recuerda que muchas previsiones catastrofistas sobre la economía rusa —desde la falta de munición hasta el robo de electrodomésticos para conseguir chips— no se cumplieron, y se insiste en que a Putin ya se le han quitado las ganas de repetir la experiencia. La discrepancia no es de matiz: unos hablan de derrota occidental y otros, de agotamiento ruso.
El argumentario que cambió de dueño
Cuando empezó el conflicto, el argumento oficial era que garantizar a Rusia una derrota dura disuadiría a Putin de nuevas agresiones. Ese discurso se ha sustituido por la fatiga de guerra y las ganas de terminar a cualquier precio, incluso a costa de una Rusia envalentonada. La inversión del relato se señala desde dentro: primero se vendió que Occidente ayudaba a Ucrania para que lograra un acuerdo favorable con Rusia; después, que Rusia es una amenaza y hay que actuar. Distintos argumentos, mismo fin.
Hay una corriente que va más allá y sitúa el origen del problema en la propia expansión de la OTAN. Desde ahí se defiende que el resto del planeta no ha secundado a Occidente porque entiende el conflicto como una guerra de poder entre bloques, no como una defensa de valores. Y una tercera línea, nostálgica, apunta en dirección contraria: que la competencia entre sistemas obligaba al capitalismo a tratar mejor a los europeos, y que desde la caída del muro la calidad de vida continental ha ido cuesta abajo.
El diagnóstico común es que Europa no se está preparando. Lo que nadie cierra es la contradicción final: si la amenaza rusa es tan grave como dicen los informes militares, no se entiende que el gasto en defensa siga sin despegar; y si no lo es, no se entiende la histeria. Ahí, entre el rearme que no llega y el peligro que tal vez no existe, se queda atascado el análisis.