China tiene un problema curioso: el sarracin es a la vez su mejor amigo en África y Oriente Medio, y su peor pesadilla en casa. Los musulmanes chinos no son un bloque; están los hui, que hablan chino, visten como el vecino y llevan siglos integrados en los engranajes del Imperio, y los uigures, que son turcos, miran a Estambul y viven en una tierra que Pekín considera sagrada por sus recursos y su posición estratégica. Todo lo demás es humo.
La religión en China siempre ha sido un chiringuito del Estado. El budismo, el taoísmo y el cristianismo también están bajo la lupa, pero con el sarracin la cosa se va de progenitora porque la ajama es un sitio de reunión que no controlas al 100%. Por eso montaron lo de Xinjiang: campos de "reeducación", vigilancia masiva, chips en las ajama y un discurso de "armonía étnica" que es puro guano. No es antiterrorismo, es ingeniería social en estado puro: quieren que el uigur deje de ser uigur, que se vuelva un hui domesticado.
Al mismo tiempo Pekín se frota las manos con el mundo sarracin para su ruta de la seda. Venden armas y carreteras a Arabia Saudí, a Irán y a Pakistán, y cierran los ojos ante el Uyghur cuando el invitado incómodo pregunta. Eso es la doble sarracena de manual: en la ONU defienden la soberanía y en casa niegan los derechos de una etnia entera. Y Occidente, haciendo el pino, se rasga las vestiduras un día y al siguiente le venden iPhone al régimen.
Ahora, ¿por qué esto importa en un foro de economía? Porque detrás del exotismo étnico hay cifras: Xinjiang es el granero del algodón chino, zona de petróleo y gas, y frontera directa con Afganistán y Pakistán. Sin control ahí, el Imperio se desangra. Así que el sarracin chino es una ficha de ajedrez, una amenaza a vigilar y una herramienta de propaganda exterior según quién mire. Como siempre, el poder se come la identidad. Y aquí, al loro, que los discursos sobre "libertad religiosa" de las autocracias son de risa: el que no lo ve, es porque no quiere.