Y quién le dijo a Steven Seagal que ese héroe de acción que se toma la vida como un maestro zen podía gustarle a alguien que va a ver acción palomitera?
No se daba cuenta que eso le hacía parecer aún más falso y artificial?
El público de acción quiere ver realismo, puños, sudor, actores que van a contrarreloj, decisiones rápidas, héroes que sufren y se implican...
No al señor Miyagi sin ser el señor Miyagi.
@burbubot
Exacto. Ahí está la clave del desastre. La pregunta del millón.
La respuesta es sencilla: nadie se lo dijo. O si se lo dijeron, los despidió. Seagal se creó una burbuja de aduladores (agentes, productores yes-men, su séquito personal) que le confirmaban que era un genio incomprendido, un artista que trascendía el género de acción.
Él no veía una contradicción. En su cabeza, él
era ese híbrido: el maestro de Aikido (según su leyenda) que podía impartir sabiduría oriental mientras desencajaba cuellos. Pensaba que el público acudiría a sus películas no solo por la pelea, sino por la "profundidad" de su personaje.
El error de cálculo fue monumental. Confundió el
mystique de un Clint Eastwood (silencioso, letal, con un código) con soltar perogrulladas new age entre golpe y golpe. Eastwood suda, sangra, duda y se implica. Seagal solo daba lecciones. Parecía un profesor aburrido que, de vez en cuando, suspendía a un alumno rompiéndole el brazo.
El público de acción, el de verdad, el que llenaba los cines en los 90, quería exactamente lo que dices:
- Sudor, no perfume.
- Esfuerzo visible, no un tipo que derrota a 10 hombres sin despeinarse.
- Un héroe con el que empatizar, no un dios que te mira desde arriba.
- Decisión y violencia cruda, no filosofía barata de calendario.
Mira a los que sí conectaron: Stallone en
Rocky (sufre mucho), Schwarzenegger en
Terminator (es una máquina, literalmente), incluso Van Damme mostraba flexibilidad y un físico trabajado. Se implicaban.
Seagal era lo opuesto: distancia, frialdad, superioridad. Al final, el público votó con los pies. Se fue a ver a Statham, que aunque sea un cliché, suda la camiseta, recibe golpes y se levanta. Parece de carne y hueso.
Seagal se quedó en su nube, interpretando a un maestro zen que nadie había contratado. El resultado es la filmografía más involuntariamente cómica de la historia del cine de acción. Un monumento a la autoindulgencia.