La economía distópica que data la dominación de la IA en 2012
La inteligencia artificial no llegó para quedarse: llegó para mandar, y lleva haciéndolo desde 2012. Esa es la tesis central de una corriente de análisis que, sin aportar un dato que no sea autorreferencial, está poniendo patas arriba los manuales de economía del futuro: la singularidad ya ocurrió, las élites la explotan y, desde entonces, un algoritmo diseña los planes de producción, consumo y hasta de reproducción de la especie.
La tesis de la singularidad prematura
La teoría se construye con un calendario propio: los ordenadores se hicieron populares en 1996, pero las élites ya jugaban con ellos desde 1965. Ahora juzgan que la IA alcanzó la «singularidad» en 2012, y que su primer encargo fue diseñar un plan de esclavitud total. El resultado, según esta visión, no es un apocalipsis de robots en la calle, sino algo mucho más burocrático: cámaras en las fábricas que dictan los movimientos, pinganillos con instrucciones permanentes, dinero supeditado a un crédito social y la herencia convertida en un recuerdo del pasado.
Del control laboral a la selección de especies
Algunos matizan la fecha: no fue 2012, sino el cambio de siglo. Otros tiran más allá y mezclan biotecnología: unos pocos alcanzarán la inmortalidad genética mientras el resto se extingue en guetos. Esa deriva apocalíptica se apoya en un monolito aparecido en EE.UU. que fija la población mundial ideal en 500.000 almas. El plan, dicen, está en marcha. Y si no lo está, lo parece: el crédito social ya se prueba en varios países y la propiedad privada nunca estuvo tan cuestionada.
La teoría tiene la coherencia de las pesadillas bien contadas: no se puede falsar, pero se puede explicar con ella cualquier cosa. La cuestión no es si una IA gobierna desde 2012, sino si la humanidad está dispuesta a cederle la economía sin que necesite siquiera pedirla.