La baja por depresión que dura todo el verano: el cálculo racional del absentismo laboral
Un esguince de tobillo que se alarga seis meses. Una tortícolis que requiere rehabilitación hasta septiembre. O la clásica baja por estrés que coincide exactamente con las vacaciones escolares. El fenómeno tiene nombre propio en los círculos laborales -«bajaciones»- y se ha convertido en un cálculo de incentivos que enfrenta a dos Españas: la de los que reman y la de los que se cogen el verano pagado por el sistema.
El debate no es nuevo, pero alcanza su punto álgido cada junio, cuando las ausencias laborales se disparan. Los datos oficiales recientes registran 1,6 millones de ausencias diarias en España, récord histórico. Y la tentación de sumarse al carro crece cuando se observa que, para empleados con más de 20 años de antigüedad, la protección es casi total: despedirles cuesta más de un año de salario, y nadie en la empresa se atreve a apretar el gatillo.
El absentismo como estrategia racional
La lógica es implacable: cuando el sistema premia el absentismo, el absentista no es un vago, es un optimizador. «Si la empresa te ha visto 20 años como un número y el Estado te pone la baja en bandeja sin control real, el que no lo hace es simple. No es sarracena, es incentivos», resume una de las posiciones más extendidas. El argumento se refuerza con ejemplos de compañeros que encadenan bajas de 12 meses más otros 6 de prórroga, o que alternan un año de baja con seis meses de alta para reiniciar el ciclo.
El perfil del «profesional de la baja» no se limita a la función pública. En grandes empresas privadas también se repite el patrón: bajas por depresión que permiten pasar el verano en la playa mientras los compañeros asumen la carga. La complicidad del sistema sanitario, con médicos que firman sin demasiado escrutinio, completa el círculo.
El coste para los que se quedan
Frente a la racionalidad individual, emerge el malestar colectivo. Los «remeros» -quienes siguen trabajando- asumen el trabajo de los ausentes sin compensación, y en muchos casos se enfrentan a represalias si intentan cubrir el expediente. «En mi curro tenemos un pacto: no les hacemos su parte para que se encuentren el marrón a la vuelta. Se van igual, pero ya no tan contentos», cuenta un afectado.
El coste económico total del absentismo en España supera los datos que salen en las estadísticas. A las bajas fraudulentas se suma el efecto contagio: cuando un empleado ve que su compañero se toma tres meses libres sin consecuencias, la sarracena del equipo se resquebraja y el siguiente en cogerse una baja es cuestión de tiempo.
La respuesta empresarial: ¿despido o resignación?
No todas las empresas optan por la resignación. Algunas han decidido actuar: «En mi trabajo te despiden si haces algo así. Unos días después de reincorporarte te dan el finiquito y adiós», explica un usuario. La reforma laboral ha abaratado los despidos, y calcular que el coste de despedir a un empleado conflictivo se recupera rápido. Pero en empresas con plantillas muy antiguas, la indemnización sigue siendo un obstáculo.
Mientras tanto, en Francia ya han reaccionado lanzando un plan con 680.000 inspecciones y un «botón de alerta» para empresas. En España, el debate sigue instalado en esa zona gris donde lo que es legal para unos es intolerable para otros, y donde la solución no pasa solo por más control, sino por rediseñar unos incentivos que hoy premian exactamente lo que dicen castigar.
Al final, la pregunta incómoda persiste: ¿cuánto tiempo puede aguantar un sistema donde el que no se suma al absentismo se siente un petulante?
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