Trece años peleando contra un rival anónimo en internet
¿Cuánto tiempo se le puede dedicar a alguien a quien solo se conoce por una pantalla? Un hombre de 45 años asegura que lleva trece en
guerra abierta contra una única persona.
Ni él mismo tiene clara la fecha de inicio: sitúa el arranque en 2013 o 2014, cuando el adversario operaba bajo otro nombre, y admite que no recuerda cuándo empezó todo. El balance que hace de ese tiempo es todo menos limpio. Le avergüenza seguir con esto a su edad y, a la vez, sostiene que ha valido la pena. Si volviera a nacer lo repetiría, dice, aunque
mucho más eficiente y rápido.
¿Cuánto cuesta trece años de guerra digital?
Sobre la mesa hay dos facturas. La primera es el tiempo: trece años. La segunda entra en terreno personal:
atribuye al rival su calvicie, convencido de que cuando arrancó el conflicto todavía conservaba pelo. Es su lectura de los hechos y no hay manera de verificarla. Lo desconcertante no es la atribución, sino el juicio sobre el conjunto. Pese a la vergüenza, no reniega de nada.
Ha valido la pena, sentencia, y añade que en una hipotética segunda vida no dejaría que el otro cogiera fuerzas: habla de un final
rápido e inminente.
Un adversario esquivo y una búsqueda sin final
El relato dibuja un enemigo sin rostro. La cuenta del rival está abandonada, según su versión, desde que la detectó; sospecha que opera con otro alias en otro sitio y anuncia que dará con él. Alrededor se especula con que la cuenta esté en una suspensión temporal («semi-ban»), sin confirmación. Nadie ha aportado una identificación real. El conflicto se sostiene, por tanto, sobre alias y presencias que solo se suponen: la guerra es contra una silueta.
El coro que jalea y el aviso incómodo
La grada no es neutral. Hay quien celebra el enfrentamiento como una guerra que dura generaciones y quien lanza un aviso que duele: si el rival desapareciera, ¿qué quedaría de la identidad digital del que lleva trece años persiguiéndolo? Otro mensaje menciona a un tercer participante y da por hecho, sin ninguna prueba y en tono de leyenda, que murió por culpa del conflicto. Circula incluso quien dice pagar la cuota solo por presenciar escenas así.
Trece años, según su propio cómputo, una calvicie atribuida y un rival del que solo hay sospechas. La guerra sigue abierta. Y ninguna de las dos partes ha publicado todavía su contabilidad.