La sustitución poblacional que se discute en España
En 1996, la inmigración en España era una anécdota. Quienes cursaron la ESO a comienzos de los 2000 recuerdan aulas donde apenas había un alumno extranjero. Dos décadas después, esa fotografía se ha invertido en buena parte de los colegios e institutos del país. El punto de partida de este análisis es una afirmación que circula con fuerza: los españoles de origen autóctono representarían hoy en torno al
70% de la población, frente a una mayoría casi absoluta en 1996, y la tendencia seguiría a la baja por una
natalidad autóctona muy reducida.
La discusión no es nueva, pero sí lo es su intensidad. Hay quien sostiene que la inmigración masiva arrancó con la segunda legislatura de Aznar, entre 2000 y 2004, y se aceleró después con las regularizaciones extraordinarias. Otros sitúan el inicio antes, en la segunda mitad de los noventa, y apuntan a factores como la construcción de mezquitas y centros culturales islámicos. La discrepancia sobre el cuándo no impide un consenso incómodo: el cambio demográfico ha sido rapidísimo.
¿Cuándo empezó realmente la inmigración masiva en España?
Los testimonios coinciden en una cosa: el fenómeno se notó primero en la calle y después en las estadísticas. Quienes tenían veinte años en los noventa recuerdan haber visto a los primeros migrantes de origen magrebí de forma esporádica a finales de esa década. Los primeros hispanoamericanos llegaron después, ya en los noventa avanzados. Y el salto cuantitativo se produjo, según varios relatos, entre 2001 y 2002, con una oleada de llegadas de ecuatorianos y colombianos en apenas dos años.
La cronología importa porque define responsabilidades políticas. Una parte del análisis sitúa el pistoletazo de salida en la segunda legislatura de Aznar. Otra corriente lo retrasa hasta las regularizaciones masivas de la etapa de Zapatero y su efecto llamada. Y hay quien va más atrás, a los años ochenta, cuando se abrieron las primeras mezquitas desde la Reconquista en ciudades como Córdoba, con capacidades sobredimensionadas para la comunidad musulmana de entonces.
El colegio como termómetro del cambio
Nada ilustra mejor la transformación que la composición de las aulas. Un participante describe un centro de 500 alumnos en el que había dos estudiantes hispanoamericanos y uno magrebí:
497 autóctonos. Veinte años después, sostiene, la proporción se habría invertido hasta rondar el 50%. Otro recuerda que en todo su colegio había un solo alumno de origen chino, que se negaba a hablar en chino con sus padres.
La anécdota más repetida es la del primer migrante visto en carne y hueso. Uno lo sitúa a los seis o siete años, un paquistaní. Otro, ya adolescente, al primer negro fuera de la televisión. Y un tercero menciona a dos hermanas negras vistas durante una excursión a Madrid, en la Casa de Campo. Son recuerdos de una España que ya no existe.
La consecuencia más citada no es estadística, sino cotidiana. Un participante reproduce una frase que atribuye a un creador de contenido:
«soy de los pocos padres españoles que van a buscar a sus hijos a su cole». La normalización de esa escena, se argumenta, es la prueba de que algo se ha roto.
El fútbol como espejo de la identidad
El deporte aparece como síntoma. Se recuerda una selección española formada íntegramente por jugadores nacidos en España, algo que se vivía como parte del orgullo colectivo. Frente a eso, se cita un once del Real Madrid con tres franceses, dos brasileños, dos alemanes, un croata, un belga, un austriaco y un uruguayo:
siete nacionalidades y ninguna la española, aunque el club cuenta con jugadores nacionalizados.
El argumento no es que los extranjeros jueguen mal, sino que la identificación con el equipo se diluye. Es la misma lógica que se aplica a la selección: si los integrantes ya no comparten origen, el vínculo emocional se debilita. Para una parte del análisis, esto es simple nostalgia; para otra, es la constatación de que la identidad se construye sobre algo más que un pasaporte.
¿Qué dicen los datos sobre la población española?
Las cifras que se manejan en el debate son gruesas y conviene tratarlas con cautela. Se afirma que los inmigrantes con situación legal representan el
18% de la población, sin contar a quienes están en situación irregular ni a los nacionalizados. Y se sostiene que los españoles de origen autóctono, descontando a la población gitana, habrían pasado de una mayoría casi absoluta en 1996 a alrededor del 70% actual.
No hay en el material una fuente oficial que respalde esos porcentajes. Son estimaciones que circulan y que, como tales, deben atribuirse. Lo que sí es verificable es la tendencia: España ha pasado de ser un país de emigración a uno de inmigración en muy pocos años, y la natalidad autóctona se encuentra entre las más bajas del mundo. La combinación de ambos factores produce un cambio demográfico acelerado.
La fractura entre generaciones
El reproche a la generación anterior es uno de los ejes del malestar. Se acusa a padres y abuelos de haber aceptado el proceso a cambio de mejoras materiales:
«a mí, como me han subido la pensión un ocho y medio por ciento, estoy contento», resume un participante. La crítica se extiende a la gestión de la pandemia, con acusaciones de haber vacunado a los nietos con fármacos en periodo de prueba para proteger a los mayores.
Esa lectura genera una brecha difícil de cerrar. Para unos, la prosperidad de las últimas décadas justificó los costes. Para otros, esos costes incluyen la pérdida de cohesión social y la transformación irreversible del país. La discusión no es económica, sino sobre qué se estaba dispuesto a sacrificar y quién decidió hacerlo.
El punto en el que el análisis se atasca
Nadie discute que España ha cambiado más en veinticinco años que en los cincuenta anteriores. La discrepancia está en si eso es un problema, una oportunidad o simplemente el resultado inevitable de la economía global. Quienes defienden la integración cultural sostienen que lo relevante no es el origen, sino la lengua y el sentimiento de pertenencia. Quienes alertan de la sustitución demográfica responden que la integración no es automática ni infinita.
Y ahí se queda la conversación. Sin datos oficiales que zanjen la magnitud del fenómeno, sin acuerdo sobre cuándo empezó ni sobre quién lo permitió, y con una pregunta que sobrevuela todo: si el proceso es reversible o si, como sostiene uno de los mensajes,
«nadie va a venir a salvarnos».