160 fotos y un perfil falso: la letra pequeña del acoso digital
Un ordenador, una carpeta y 160 fotografías de una profesora. No hay software espía ni golpe informático: hay un perfil falso en Facebook con el nombre y los apellidos de un tercero, descargas hechas una a una durante años y una frase que lo resume todo: «yo soy el backup». El relato, contado en primera persona, describe acoso digital de manual con una naturalidad que incomoda más que cualquier detalle escabroso.
Un archivo no es una colección inocente
Descargar fotos ajenas no es delito por sí solo. Captarlas vulnerando la intimidad sí puede serlo: el Código Penal castiga la obtención de imágenes de la vida privada sin consentimiento, y el acecho persistente tiene tipo propio desde hace una década. Lo determinante es el método, no el volumen. Y el método incluye suplantar la identidad de otra persona para entrar en un círculo al que no se pertenecía.
Lo llamativo es el marco mental. La acumulación no se presenta como una agresión, sino como una obra de conservación: quien guarda durante años se atribuye la función de archivo, de respaldo, de memoria de una muyer que, si perdiera su cuenta, tendría que ir a pedirle las fotos. Es la lógica del gestor de datos aplicada al patio de un instituto.
De Tuenti a Instagram: dónde queda el rastro
El material tiene fecha de caducidad tecnológica. Las imágenes se datan en torno a 2008, cuando el ecosistema de referencia eran Facebook y Tuenti. Ese detalle explica media historia: el rastro se acumula en plataformas que esa generación ya casi no usa, y la épica que se reivindica es la de un francotirador esperando el disparo perfecto. El blanco, una muyer que daba clase.
Hay una segunda ironía. El mismo relato presume de más de 400 perfiles seguidos en episodios similares y de la pérdida de la cuenta falsa, robada por terceros. Si el acoso fuera una rareza individual, el dato sobraría. Cuando se convierte en repertorio comparable, deja de ser un caso clínico. El acoso digital se sostiene sin contacto físico y sin una sola conversación.
El relato que se incrimina solo
Exponer esto en público tiene un coste que quien lo hace rara vez mide. La suplantación de identidad, la captación y la conservación de imágenes encajan en el ámbito de la protección de datos y, en su caso, en el penal. Basta una denuncia para que un texto escrito con orgullo se convierta en prueba documental. La Agencia Española de Protección de Datos tramita reclamaciones de este tipo sin necesidad de abogado.
No consta denuncia ni actuación judicial alguna, y el asunto se queda exactamente ahí.
La muyer ronda hoy los cincuenta años y, según ese mismo relato, atraviesa graves problemas de salud. Las 160 fotos siguen en la carpeta.