El rock instrumental tiene su propio canon y no lo firma la radio
Hay una escena que se repite en cualquier casa donde alguien haya comprado un amplificador con demasiada potencia: suena un tema sin voz, sin estribillo, sin nada que cantar en la ducha, y el volumen sube solo. Alguien abre una conversación sobre
temas instrumentales con una condición explícita —«para escuchar con auriculares de calidad... o a todo volumen si se puede»— y el listón queda puesto en Alan Parsons Project. Lo que sigue es un inventario de casi todo lo que el rock ha hecho sin micrófono delante: Camel, King Crimson, Rainbow, Mike Oldfield, Morricone, Ghost, Rush, el surf rock y hasta la obertura de Rossini.
La primera regla del género la fija el propio arranque: la
música sola lo expresa todo, y como mucho se admite «algún coro». La segunda regla aparece a los pocos mensajes, cuando alguien recuerda que la frontera entre instrumental y cantado es más porosa de lo que parece. Un tema aparentemente sin letra esconde una frase susurrada —«Un día de estos te voy a cortar a pedacitos»— y basta eso para que el purismo se caiga. La discusión, en lugar de cerrarse, se ensancha.
Camel y King Crimson: los dos pilares del repertorio
Camel aparece pronto y se queda. Un seguidor defiende que la etapa
1979-1991 es la mejor, con «I Can See Your House From Here» y la versión en vivo de «Dust And Dreams» como cimas, y añade que «Nude» y el directo de «Stationary Traveler» están al nivel de «Mirage». La respuesta llega con matiz: la primera etapa, la de los discos con Bardens entre
1973 y 1978, es básicamente instrumental, con temas largos y contadas frases vocales; después el sonido se vuelve más amigable sin abandonar el formato. La trilogía final —«Harbour Of Tears», «Rajaz», «A Nod And A Wink»— no entusiasma a nadie, y eso también es un dato.
King Crimson funciona como frontera del género. «The Talking Drum» y «Larks' Tongues In Aspic» se leen como una única suite, y hay quien cierra el disco con una frase que resume el consenso: «Música con COJONES». La banda se coloca fuera de serie y nadie discute.
Del progresivo al Morricone con bajo y batería
El repertorio se abre por caminos que no se esperaban. Entra el
surf rock como filón, entran los temas de Ghost, entra el recuerdo de que Deep Purple se inspiró en un clásico para «Child in Time». Y entra la corrección: lo que alguien atribuía a Mozart resulta ser la
obertura de Guillermo Tell, de Rossini. El error se reconoce sin drama.
La música clásica y las bandas sonoras ocupan su propio espacio. Se reivindica «Chi Mai», de Morricone, célebre por haber aparecido en mil películas sin que casi nadie sepa su nombre, con una queja incluida: mataría al que decidió meterle un bajo y una batería. La anécdota sirve para algo más que para el chascarrillo: el instrumental no es un género, es un formato que atraviesa épocas, escuelas y presupuestos.
El directo manda: Rainbow, Cozy Powell y el On Stage
Cuando la conversación llega a Rainbow, el análisis se vuelve técnico. Un tema se reconoce por el
On Stage, el directo de la primera época, y ahí la voz de Dio se lleva el protagonismo. La lectura no es unánime: hay quien sostiene que Cozy Powell está dos peldaños por encima de la banda en ese corte y que Ritchie Blackmore solo uno. Es decir, el instrumental no compite con el cantante, lo desplaza.
El hilo también deja un aviso para navegantes: no todo lo que suena sin letra es instrumental. La distinción importa porque de ella depende qué se puede pinchar en una sobremesa sin que nadie pregunte quién canta.
Qué se busca cuando se busca instrumental
El patrón de consumo que dibuja la conversación es claro. Se piden auriculares de calidad o volumen alto, se valoran los discos completos con una historia detrás —«The Snow Goose» funciona como banda sonora de la novela homónima— y se premia la capacidad de sostener veinte minutos sin red. También se cuela el uso doméstico: hay quien pone un tema instrumental y comprueba que «mi nena hace que vuela cuando suena en casa».
El cálculo completo de qué discos entran y cuáles quedan fuera de ese canon doméstico da para una lista que no cabe aquí. Lo que sí queda claro es que el repertorio se amplía por acumulación, no por consenso: cada aportación añade una capa y ninguna retira la anterior.
Al final, la pregunta que nadie responde del todo es por qué un formato sin letra sigue necesitando que alguien lo defienda cada vez que se menciona. Quizá porque, como resume uno de los mensajes más repetidos del arranque, la música sola lo expresa todo. Y eso, en un mercado que premia el estribillo de quince segundos, sigue siendo una anomalía.