La tarjeta Eroski Red convierte un impago de 46 euros en 83
Un cargo de 46 euros en una gasolinera pasó sin problemas por el datáfono. Días después, la cuenta asociada a la tarjeta Eroski Red —comercializada por Santander Consumer Finance— devolvió el recibo por falta de fondos. Resultado: 37 euros de recargo sobre los 46 iniciales, un 80% de sobrecoste por un impago de varios días. El afectado, que se dio de alta en el producto tras recibir la promesa de que «no era una tarjeta de crédito», lleva tres meses intentando darse de baja sin conseguirlo. La respuesta de Eroski, según su testimonio, fue remitirle al banco: «Eroski no tiene nada que ver».
El caso, expuesto en un foro de consumo, destapa el mecanismo de las tarjetas de fidelización de hipermercado: un producto que se presenta como herramienta de descuentos y acaba operando como línea de crédito encubierta con comisiones de recobro que pueden superar el importe original.
Qué es la comisión por reclamación de saldo deudor
El recargo no es técnicamente un interés de demora. Según un participante en el foro, se trata de una comisión por reclamación de saldo deudor, recogida en las condiciones generales de contratación que Santander Consumer Finance notificó al Banco de España. La diferencia no es semántica: el interés de demora se calcula sobre el tiempo y el capital pendiente, mientras la comisión se aplica en bloque cuando el sistema detecta un descubierto.
Ahí está el primer problema. El afectado pidió en varias llamadas que le explicaran dónde figura ese coste en el contrato. Nadie se lo aclaró. La respuesta que recibió fue «es lo que calcula el sistema informático» y una invitación a leer unas condiciones que, según su versión, no detallan un recargo de esa magnitud.
Según un usuario del foro, la normativa sobre descubiertos exige que la entidad haya realizado una gestión fehaciente de reclamación antes de cobrar la comisión. Un aviso por correo ordinario o una llamada sin constancia no bastan. Si no hay requerimiento documentado, la comisión es discutible. Y reclamable.
Por qué el datáfono acepta pagos sin fondos
La tarjeta no es de crédito, pero tampoco funciona como una de débito convencional. Según un participante, en importes pequeños el terminal la autoriza sin verificar saldo en tiempo real. El cargo se liquida después, y si la cuenta no tiene fondos, aparece el descubierto. Es el mismo mecanismo que usan las tarjetas de crédito, pero sin las protecciones contractuales que estas incorporan.
De ahí la paradoja que señalan varios afectados: el sistema permite el pago, lo que genera el descubierto, y luego cobra por el descubierto. El cliente no eligió endeudarse; la infraestructura lo hizo por él.
Hay quien sostiene que la responsabilidad es del titular por no tener saldo. El argumento tiene un problema práctico: si la tarjeta se vende como instrumento de fidelización y no como crédito, el usuario no espera que un pago de 46 euros active un mecanismo de financiación con comisiones.
Eroski, Santander y el reparto de responsabilidades
Eroski aparece como emblema visible de la tarjeta. El respaldo financiero es de Santander Consumer Finance. Cuando surge el conflicto, el hipermercado se desentiende y el banco remite al contrato. El cliente queda en tierra de nadie.
La marca blanca no es inocente. Presta su nombre, su red de tiendas y su imagen de cercanía —incluida la asociación con organizaciones de consumidores— a un producto financiero cuyas condiciones no controla o no quiere controlar. Si el resultado le parece poco ético, tiene capacidad para cambiar el acuerdo. No lo hace.
El patrón se repite con otras tarjetas de hipermercado. Un afectado relata que con la de Carrefour sufrió el mismo impago y no le cobraron recargo alguno. La diferencia no está en el cliente, sino en las condiciones que cada cadena negocia con su emisor.
Darse de baja: la odisea que nadie cuenta
Tres meses después de iniciar el proceso, el afectado sigue sin haber conseguido la cancelación. El patrón es conocido: le remiten al departamento financiero, luego a un correo, después a un fax, y finalmente al silencio. Las entidades emisoras tienen incentivos para no perder clientes, y la baja administrativa no genera ingresos.
La recomendación que circula entre afectados es tajante: si no hay forma de cancelarla, destruir la tarjeta y olvidarse de que existe. No es una solución elegante, pero evita que el producto siga generando comisiones sobre una cuenta que el titular cree cerrada.
Para reclamar, la vía del burofax con acuse de recibo es la que más éxito ha tenido. Deja constancia fehaciente de la solicitud y obliga a la entidad a responder por escrito. Varios afectados han recuperado el recargo cuando han podido demostrar que tenían fondos suficientes en la cuenta en el momento del cargo.
La predicción, con reservas: mientras las cadenas de distribución sigan externalizando sus tarjetas de fidelización a financieras de consumo, los casos se repetirán. El negocio de las comisiones por descubierto es demasiado rentable para que desaparezca por voluntad propia. Solo la presión regulatoria o el desgaste reputacional pueden moverlo. Y ninguna de las dos cosas parece inminente.