El divorcio de un soldado ucraniano en el frente, relatado por el NYT
El
New York Times ha contado la historia de un psicólogo ucraniano de
51 años, natural de Dnipro, que combate en el frente mientras su mujer, refugiada en
Finlandia con sus dos hijos, le pide el
divorcio. Ella no quiere volver a Ucrania, ha empezado una relación con un finlandés y, según el relato del diario, tampoco parecen retenerla sus padres ancianos, que siguen en el país. La historia se ha convertido en el ejemplo más repetido del debate para hablar de un asunto que trasciende el caso individual.
Las cifras que rodean el caso no se explican solo por la guerra. Los participantes sostienen que Ucrania, Rusia, España, Portugal y Bélgica encabezan los índices de divorcios, y que en el caso ucraniano esa tendencia
ya era alta antes de la invasión. Eso debilita la lectura más simple —la guerra rompe matrimonios—, pero no la elimina: la separación forzosa, el refugio en países de renta más alta y la dependencia de ayudas públicas cambian por completo la ecuación de costes de una ruptura.
¿Por qué se relaciona la guerra con los divorcios en Ucrania?
Porque la contienda separa físicamente a las parejas y reordena su economía doméstica. Mientras los hombres están obligados a permanecer en el país y sirven en el frente, buena parte de las mujeres ha salido hacia países con salarios y redes de protección social más generosas. En ese contexto, la vuelta atrás deja de ser automática. Se sostiene que la ruptura llega cuando la mujer comprueba que su nivel de vida ya no depende del marido, y el matiz importa: no es lo mismo tomar esa decisión en Finlandia que en un pueblo del este bajo bombardeos.
El relato oficial presenta a las mujeres como las grandes perjudicadas del conflicto, porque constituyen el grueso de la población refugiada. La objeción que circula es de otro orden: obligar a alguien a quedarse y jugarse la vida bajo la artillería tampoco es una condena menor que emigrar. Las dos cosas pueden ser ciertas a la vez y ninguna cancela a la otra.
La hipergamia como explicación del abandono
La palabra más repetida en estas conversaciones es
hipergamia: la tendencia a emparejarse hacia arriba en estatus o ingresos y a dejar atrás al que se queda sin recursos, sin empleo o, directamente, sin vida. Se plantea como un rasgo de conducta que no entiende de fronteras, y se afirma con seguridad apoyándose en anécdotas. Ahí está su punto flojo.
Frente a esa lectura aparece la institucional. Sin un Estado que garantice determinadas obligaciones, se argumenta, la salida individual no tiene coste. El divorcio se vuelve la opción racional cuando el vínculo ya no aporta nada y romperlo no resta nada. Es el mismo razonamiento que explica por qué los índices de ruptura se disparan allí donde la mujer tiene renta propia y red de apoyo.
De las cartas «Querido John» a las refugiadas en Europa
El fenómeno tiene precedente documentado. En la Segunda Guerra Mundial, las cartas en las que una esposa anunciaba a su marido destinado en el Pacífico o en Europa que había conocido a otra persona se conocían en el ejército estadounidense como
Querido John. Eran temidas casi tanto como un obús. Algo similar se cuenta de Vietnam y de la mili española, que dejó su propia cosecha de historias de cuernos con el que se libraba del servicio.
La diferencia con el caso actual es de escala, no de naturaleza. Ahora el que se queda en casa no está en el mismo país: está en una economía de renta alta, con permiso de residencia y acceso a prestaciones. Ese detalle cambia más el resultado que cualquier rasgo de carácter.
El divorcio como indicador económico
Un divorcio no es solo una decisión sentimental: es una operación patrimonial. Los relatos personales que acompañan al caso —parejas con más de una década de convivencia y varios hijos que acaban en ruptura con reparto de deudas, alquiler y pensiones— mueven más que cualquier estadística. Hay quien describe rupturas tras años de noviazgo y matrimonio que dejan a una de las partes viviendo de alquiler y llegando justo a fin de mes.
Por eso la comparación internacional importa. Según las afirmaciones que recorren el hilo, Ucrania y Rusia lideraban los índices de divorcio antes de que se disparara un solo obús, igual que España, Portugal y Bélgica, países donde la mujer tiene empleo, subsidio y alternativa habitacional. La guerra, en esa lectura, no inventó nada: aceleró algo que ya estaba escrito en los números.
El análisis se atasca exactamente aquí: lo que no cierra es por qué países con estructuras parecidas y rentas distintas acaban en el mismo puesto de la tabla. Y queda la pregunta incómoda, la que no responde ningún informe: cuántos de los que vuelvan del frente van a encontrar una casa vacía.