Una anciana de 107 años contradice a Sonsoles en directo
En pleno directo, una mujer de
107 años asegura que con Franco ella bailaba. Sonsoles Ónega, sentada enfrente, le responde que no. La escena ha corrido por todas partes y ha reabierto una discusión que trasciende el plató: quién tiene autoridad para contar el pasado reciente y por qué los testimonios de quienes lo vivieron incomodan tanto.
No es un detalle menor. La invitada nació cuando España era un país agrario y en blanco y negro, atravesó la dictadura, la transición y más de cuatro décadas de democracia. Discutirle a alguien así lo que hizo o dejó de hacer no es debatir historia. Es corregirle la biografía.
¿Qué pasó exactamente en el plató?
La presentadora no dejó pasar ninguna de las afirmaciones de su invitada y, según el relato que circula, llegó a dirigirse al público para subrayar que a la anciana
«no le gusta» lo que oía. Lo que se le reprocha no es discrepar, sino la forma: a una persona de 107 años se le replicó como a un contertulio. Hay quien sostiene que se le cortó, que hubo aspavientos y que se le atribuyeron opiniones que no había expresado. La pregunta de fondo es incómoda: ¿admite la televisión que un invitado diga algo que rompe el guion?
¿Podían las mujeres votar con Franco?
Aquí manda el dato. La dictadura organizó varias consultas y en el referéndum de
1966 las mujeres también votaron, según se recordó en el hilo. No es exacto, por tanto, que «con Franco las mujeres no votaban». Votaron, sí, en un marco sin partidos ni competencia real, con el resultado cantado desde antes de abrir las urnas.
Esa es la distinción que se pierde con facilidad: votar no es lo mismo que elegir. Bailar, por su parte, no estaba prohibido, como recordó la propia invitada.
El dato familiar que explica el tono
Detrás del intercambio hay un currículum. El padre de la presentadora, Fernando Ónega, fue subdirector del diario
Arriba en los años setenta, según la información que se ha citado estos días.
Arriba era el órgano oficial del régimen. Es el vínculo familiar que han esgrimido quienes critican el tono con el que corrigió a la anciana.
A eso se suma la vitola de premio literario. La presentadora ganó el
Premio Planeta 2023 y, según los datos difundidos, el libro acabó entre los más vendidos del año. La reseña publicada en su propio periódico fue dura, y una columnista del mismo medio sugirió que la dureza tenía que ver con que la autora fuera mujer. El ecosistema se retroalimenta: lo que se discute en un plató se dirime al día siguiente en las columnas.
¿Por qué las mujeres viven más años que los hombres?
Es la pregunta que abre el asunto por el lado económico. La estadística lo confirma: ellas superan en años a ellos y cobran pensión durante más tiempo. En el caso de la invitada,
más de cuatro décadas de prestación, quizá cinco, según el cálculo que circula. La demografía lo llama brecha de longevidad y el debate no ofrece la causa; quien la dé de memoria, se equivoca.
Lo que sí puede afirmarse es la consecuencia: un sistema de
pensiones que paga durante más tiempo a quien vive más años. La foto de la señora de 107 años reclamando su versión de la historia y cobrando su pensión desde hace décadas resume, ella sola, un siglo entero.
El relato y la cuenta atrás de los testigos
Se apunta una obviedad que casi nadie quiere mirar: todavía pueden preguntarse las cosas a quienes vivieron la época, pero en dos generaciones el testimonio directo se habrá ido y solo quedará la versión de quien la cuente. Por eso cada vídeo de una anciana corrigiendo a un presentador se convierte en documento. Y por eso molesta.
La libertad, medida con otras varas
Una parte del público ha aprovechado el episodio para una comparación que poco tiene que ver con Franco. Se argumenta que la libertad actual se reduce a votar cada cuatro años, que antes había más seguridad en las calles y que las restricciones de la pandemia limitaron derechos más que cualquier ley de la dictadura. Son afirmaciones de parte, discutibles y discutidas.
La otra lectura es que sin competencia electoral no hay libertad que valga, y que confundir seguridad con ausencia de derechos es el error de siempre. Dos ideas incompatibles. Y el plató, como casi todo, se queda justo ahí: en el punto donde el dato acaba y empieza la trinchera.