La paradoja del verano español: más caro, más lleno
Con cada subida de precios en la restauración y el alojamiento, la pregunta se repite: ¿por qué siguen eligiendo España millones de extranjeros? La respuesta, por ahora, está en los datos: año tras año el número de turistas crece incluso cuando el coste sube.
El factor precio pierde fuerza
Es evidente que España ya no es el destino barato de antes de 2020. Un visitante de clase media del norte de Europa comprueba que los precios se le parecen a los de su país, y en algunos casos son más altos. Turquía o Bulgaria ofrecen sol y playa por menos dinero, a cambio de peores garantías sanitarias y de seguridad. El turista de perfil más austero puede encontrar más por menos, pero no es el único perfil que cuenta.
Lo que compensa: sanidad y seguridad
Frente a esos destinos, España mantiene dos ventajas difíciles de monetizar: un sistema sanitario que atiende a cualquier visitante y una seguridad relativa alta. Hay quien sostiene que el turista valora precisamente eso a la hora de elegir, y que, por eso, el aumento de precio no le echa para atrás. La ecuación no es solo económica.
El efecto 'país guay' y la inercia familiar
La pandemia ha disparado el deseo de viajar y España ha mantenido el aura de país atractivo. No hay que despreciar ese intangible: explica que, incluso con subidas, las cifras sigan rompiendo récords. A ello se suma la tradición de varias generaciones que veranean en España desde los años 60 y 80, una costumbre que pesa más que un incremento de precios. Los propios españoles, mientras tanto, también llenan las costas.
El punto de inflexión sigue sin aparecer. Las previsiones de que el modelo estalla se han estrellado una y otra vez contra la realidad de las reservas. Pero la advertencia sigue ahí: quien suba el precio sin ofrecer algo especial se juega el cuello. Por ahora, España aguanta.