La dendrofobia española: un mito con raíces históricas y urbanísticas
España es el segundo país europeo con mayor masa forestal, después de Suecia. Madrid presume de ser la cuarta ciudad más arbolada del mundo. Y pese a ello, la imagen del árbol urbano raquítico, plantado en una baldosa y talado en cuanto molesta, mantiene viva la sospecha de una animadversión nacional hacia lo verde. No es una idea nueva: la guía de viajes Baedeker de finales del siglo XIX describía el centro de España como un territorio sin bosques y al campesino castellano como enemigo de los árboles, porque las aves que anidaban en ellos devoraban el grano. ¿Cuánto queda de aquella vieja dendrofobia en las aceras del siglo XXI?
El clima no explica todo el desierto urbano
La tesis climática tiene una base real: más del 90% del territorio peninsular es semiárido, con pluviometría por debajo de 500 milímetros. En ese escenario, el árbol de crecimiento lento compite por el agua con el cultivo y el pasto, y durante siglos la prioridad fue garantizar la comida. La dehesa es la excepción que confirma la regla: se conserva la encina porque produce bellotas y da sombra al ganado. Fuera de ahí, todo lo que no era cultivo o pasto se eliminó como competencia.
Pero ese argumento no se sostiene dentro de las ciudades. Madrid tiene servicio de jardinería y sistemas de riego, y aún así los plátanos de calles como Velázquez, Goya o Serrano crecen raquíticos o desaparecen para despejar fachadas. No es falta de agua: es prioridad estética. La comparación con calles de Estados Unidos deja un contraste incómodo: allí los árboles crecen durante décadas junto a la acera; aquí no suelen pasar de los veinte años antes de que alguien justifique la tala.
La excusa de la raíz y la gestión municipal
La lista de motivos para cortar un árbol urbano es conocida: las raíces levantan el pavimento, las ramas tapan fachadas, la hojarasca ensucia, los pájaros ensucian al peatón. Cada uno de esos argumentos se ha usado en cualquier ciudad española. Pero la consecuencia apenas se analiza: si un árbol se corta antes de madurar, siempre será joven, y un árbol joven nunca molesta lo suficiente como para que nadie valore conservarlo. El resultado es un paisaje urbano con árboles perpetuamente raquíticos, exactamente el paisaje que luego se usa para justificar la siguiente tala.
Hay además una lectura administrativa que gana peso: menos árboles significa menos papeleo. El mantenimiento del arbolado genera trabajo a los servicios municipales, quejas de los vecinos y responsabilidades civiles en caso de caída de ramas. El desincentivo burocrático no aparece en los presupuestos, pero recorre todos los departamentos. Al final, el árbol nuevo no se planta porque alguien tendrá que ocuparse de él dentro de veinte años.
El pasado pesa: de la Mesta al ladrillo
La historia también alimenta la aversión. En la Meseta, el Honrado Concejo de la Mesta impuso durante siglos un modelo de ganadería trashumante que no tenía interés en los bosques: el monte se quemaba para renovar el pasto, aunque ese pasto solo fuese verde tres meses al año. La deforestación más intensa llegó en el siglo XIX, con las roturaciones agrarias y el consumo masivo de carbón vegetal. Esa cultura del campo limpio se trasladó después al urbanismo del desarrollismo, donde el cemento y el ladrillo ganaron la partida a las plazas arboladas, sustituidas por plazas duras y dos árboles contados.
Hay ejemplos recientes que se pueden seguir calle a calle con la herramienta de comparación de Google Street View: una zona residencial de Oviedo pasó de tener arbolado joven plantado en 2010 a quedar prácticamente pelada en 2014, mientras las farolas y los bloques de viviendas se mantenían intactos. No hace falta interpretar la intención: la secuencia está a la vista.
La sombra que vuelve a ser necesaria
El contexto, sin embargo, está cambiando. Con la llegada de olas de calor cada vez más frecuentes, la ciudad hormigonada sin sombra se convierte en un problema de salud pública, no solo estético. Más del 90% de la población española reside en entornos urbanos, de modo que la falta de arbolado deja de ser una anécdota paisajista. Queda por ver si el país que presume de ser el segundo bosque de Europa aprende a cuidar los árboles de la acera o seguirá viéndolos como un obstáculo para el ladrillo. La respuesta, de momento, no está en los datos: está en la próxima decisión municipal.