Salario mínimo a un millón: la broma que explica Venezuela
Cada vez que un país recicla su moneda vuelve el mismo experimento mental: si el problema de la pobreza son los sueldos bajos, ¿por qué no fijar el
salario mínimo en 1.000.000 de euros y convertir al país entero en millonario? La ocurrencia circula en el debate como caricatura de las subidas por decreto y tiene una segunda mitad incómoda. En Venezuela, con hiperinflación ya abierta, el Gobierno de
Nicolás Maduro aplicó una nueva subida salarial del
60%, según se afirma en el hilo. Con esa cifra sobre la mesa, la broma deja de ser una broma.
La explicación canónica tiene que ver con algo poco intuitivo: el dinero no es riqueza, es una unidad de cuenta. Elevar el salario nominal sin que crezca la producción no reparte mejor lo que hay, mueve los precios. En España hay un caso de laboratorio, según sostenía un participante: cuando se cambió la peseta por el euro se aplicó de facto un cambio de
1€ = 100 pesetas cuando la equivalencia oficial era 166. Aquello supuso, según ese mismo cálculo, una
inflación encubierta del
66%. La nómina no bajó. Compró menos.
¿Qué hay detrás de la propuesta del salario mínimo a un millón de euros?
La propuesta parte de una intuición extendida: si los trabajadores son pobres, que cobren más por ley. El problema es que el salario es un precio y los precios no se fijan solo por decreto. Hay dos límites que ninguna norma levanta. El primero es la producción: si una empresa paga más de lo que vale su producto en el mercado, pierde dinero y deja de contratar, o deja de producir. El segundo es la cantidad de dinero en circulación: emitir billetes no crea bienes. Es la distancia entre el salario nominal, el que figura en la nómina, y el salario real, lo que se compra con él.
¿Qué pasó en Francia cuando Mitterrand subió los salarios por decreto?
El paro se multiplicó, las exportaciones se frenaron y los precios terminaron absorbiendo la subida. Es el resumen que se hace en el debate de lo ocurrido en Francia hace más de tres décadas, cuando el Gobierno socialista aplicó su programa común: alzas salariales y de prestaciones, reducción de jornada y más peso del sector público. Para maquillar el empleo destruido se contrataron
200.000 funcionarios y la inflación llegó a superar en un
40% lo previsto, siempre según el relato que se cita en el hilo. Al final del ciclo, el poder adquisitivo era el de antes.
Venezuela, el bolívar y la escasez: qué pasa cuando el Estado fija los precios
Con la subida del 60% y una moneda en caída libre, el paso siguiente del relato oficial es controlar los precios. Y ahí el mecanismo se rompe por el otro lado: ninguna empresa produce a pérdida de forma indefinida. Si el Gobierno obliga a seguir produciendo, el resultado es la escasez; si los empresarios se niegan, la respuesta acaba pareciéndose a la de la Unión Soviética, donde la producción se sostuvo por vía administrativa. Las estanterías vacías venezolanas no son un accidente del sistema: son su parte más previsible.
¿Por qué 750 euros son una miseria en Madrid y un sueldazo en Extremadura?
Aquí está el argumento menos discutido del asunto. Un salario mínimo único para todo el país ignora la geografía y el sector: los mismos 750 euros que en Madrid no pagan ni una habitación son un buen sueldo en un pueblo con cuatro cafés y poca clientela. Si la caja no da para más, ese puesto no se crea. Y hay un detalle que suele quedar fuera del titular: cada subida del mínimo arrastra las cotizaciones sociales, de modo que el coste para el empleador supera el aumento que ve el trabajador. De ahí que se planteen convenios sectoriales ajustados al territorio antes que una cifra nacional.
¿Por qué los salarios españoles son bajos?
España protagonizó un crecimiento laboral sin precedentes: la población activa pasó de
16 a 23 millones entre 1995 y 2005, un
45% en una década, según los datos que se manejan en el hilo. Alemania y Francia necesitaron medio siglo para algo parecido; Estados Unidos,
35 años para crecer un 50%. Eso da una idea de la presión sobre el mercado de trabajo. Hay quien sostiene que el salario de un país refleja su productividad, no la bondad de su Gobierno: si un trabajador pudiera ganar más por su cuenta, ya lo haría. La postura contraria, también recogida en el debate, sostiene que la negociación no es libre cuando una de las partes tiene el terreno allanado y que la llegada masiva de mano de obra migrante ha debilitado la posición de quien busca empleo.
El ritmo de trabajo, la jornada y el mito de Henry Ford
También entra en la discusión el cuánto, no solo el cuánto se cobra. La experiencia de profesionales sanitarios y audiovisuales españoles que han trabajado en Estados Unidos describe jornadas más intensas, con procedimientos y plazos rígidos, y salarios que a veces duplican los de aquí a cambio de una presión que muchos no aguantan: llegar un minuto tarde podía costar una amenaza de despido. Y luego está el mito fundacional. Henry Ford no repartió riqueza por generosidad, sino porque necesitaba trabajadores que no se le marcharan. La historia completa desmonta la fábula del empresario filántropo que sube sueldos para que le compren coches.
Con estos mimbres, el punto donde el análisis se atasca es siempre el mismo: casi nadie defiende que el salario mínimo no deba existir, está para que no se pague un cuenco de arroz por cuarenta horas semanales, y a la vez nadie ha encontrado la forma de subirlo sin que parte del alza se la coma el precio de la cesta de la compra o el siguiente ajuste de plantilla. Las derivadas irónicas del planteamiento tampoco resuelven el expediente.