Romper España para salvarla: el plan que un forero plantea
Hay una tesis que circula con insistencia en los foros de actualidad y que conviene tomarse en serio aunque incomode: España, tal y como la conocemos, ya no es recuperable. El planteamiento sostiene que el país funciona como una marca vacía, un parque temático con bandera e himno pero sin sustancia, y que la única salida realista pasa por
romper el Estado en unidades territoriales pequeñas capaces de gestionar fronteras y fiscalidad. No es una ocurrencia aislada: es el eje de un mensaje inicial de un debate de casi un centenar de intervenciones que ha ido girando desde el diagnóstico apocalíptico hacia las recetas concretas.
La premisa de partida es demográfica. Se argumenta que sin control de fronteras la población autóctona está abocada a ser minoría en un horizonte de tres décadas, con una convergencia a la baja en salarios y seguridad hacia los países de origen de la inmigración. El cálculo que se repite es contundente:
en 30 años ya serás minoría. Y la conclusión política es que ningún partido, ni siquiera uno con mayoría absoluta, podría revertir la situación: deportar a millones de personas nacionalizadas es, se dice, inviable en 2025 y más aún en 2030.
¿Por qué se habla de romper España como solución?
La respuesta que articula el mensaje inicial es que la debilidad actual puede ser la fortaleza futura. La propuesta no es independentismo clásico, sino
federalismo asimétrico: transferir a las comunidades autónomas competencias en fronteras y fiscalidad, aprovechando el precedente que ya se ha abierto con Cataluña. El argumento es que si se puede ceder una competencia a una región, se puede ceder al resto, y que la reforma constitucional solo se tocará para dar más poder a las autonomías. El próximo pacto de gobierno entre los dos grandes partidos, se augura, irá por ahí.
A escala europea, la tesis es que Schengen acabará saltando por la presión de los países del este y de regiones occidentales con demandas de control migratorio. Los estados grandes, se sostiene, tienen poco margen porque su propia población nacionalizada bloquea cualquier cambio efectivo. Los territorios pequeños y cohesionados, en cambio, sí pueden organizarse. El escenario a 30 años que se dibuja es el de
zonas seguras y prósperas en el interior y el norte, blindadas a la inmigración, frente a un levante y unas grandes ciudades que atraen la pobreza. El fenómeno, se afirma, ya ocurre en Estados Unidos, Suecia y Francia, donde las familias autóctonas se trasladan a zonas de mayoría homogénea.
La respuesta del foro: de la taifa al colapso
La réplica más repetida ataca la lógica del plan. Se argumenta que los estados pequeños existen por dinámicas entre potencias mayores y que pueden ser tragados o exterminados por un vecino grande; hay cientos de ejemplos. Se pregunta con retintín qué haría una taifa balear o vasca frente a un Marruecos unificado o una Francia con un Estado centralista. La acusación de traición aparece sin ambages: el plan se lee como una justificación del debilitamiento nacional.
Otra corriente del análisis va más allá y descarta cualquier solución institucional. Se sostiene que el sistema está blindado, que los partidos trabajan para él y que no cabe esperar que de dentro venga el remedio. La propuesta que emerge es la
desobediencia fiscal masiva: dejar de pagar impuestos de forma coordinada durante un trimestre para forzar el colapso del sistema. La objeción es inmediata: embargos, intereses y un aparato coercitivo que no va a quedarse de brazos cruzados.
Hay también quien sitúa el problema en un plano más profundo y menos operativo. Se habla de una casa con la estructura podrida que ya no admite parches, de una sociedad civil incapaz de organizarse, de un país de pusilánimes y delatores. La conclusión de esa línea es que la mayoría quiere lo que tiene y que el resultado es el que es. Frente a eso, el escenario del colapso lento se despliega con hitos: quiebra del sistema de pensiones, autonomías ricas que intentan separarse para no subsidiar al resto, y una España geriátrica dependiente de Bruselas con barrios enteros transformados.
El punto exacto donde el análisis se atasca
La discusión no llega a un acuerdo sobre la viabilidad de la ruptura. Unos ven en la fragmentación territorial la única vía de supervivencia como pueblo; otros responden que las unidades pequeñas son precisamente las más vulnerables ante potencias vecinas. El debate sobre la desobediencia fiscal se queda en la propuesta, sin que nadie concrete cómo se sostiene frente a la respuesta del Estado. Y la pregunta de fondo —si el pueblo español puede sobrevivir sin el Estado español— queda abierta, con posiciones que no convergen. Lo único que parece compartido es el diagnóstico: algo se ha roto y nadie sabe aún si tiene arreglo.