El rearme europeo dispara el relato del reclutamiento
La conversación sobre una hipotética vuelta al servicio militar obligatorio ha dejado de ser un tema de cuñao para instalarse en la agenda. El detonante, según el material que circula estos días, es una prensa que ha pasado de puntillas sobre el asunto a abrir titulares con la palabra reclutamiento. El patrón se repite: primero la advertencia, después la normalización. Y mientras el Ejecutivo guarda silencio, los medios afines van calentando el ambiente.
El punto de partida es una advertencia:
ya os están avisando de que os van a llamar a filas. La tesis que vertebra el descontento no es tanto la guerra en sí como el negocio que la rodea. El rearme europeo se presenta como la excusa perfecta para exprimir a los contribuyentes antes de que suene un solo disparo.
El rearme como negocio antes que como defensa
La secuencia que se describe tiene tres actos. Primero,
robarnos miles de millones con la excusa del rearme europeo. Después, montar el conflicto que justifique el gasto. Y al final, cuando todo acabe, volver a hacer caja con la reconstrucción. Los muertos no vuelven, el dinero no se devuelve y las libertades recortadas no se restauran.
Ese es el núcleo del argumento que más recorrido tiene. No hace falta creer en teorías de la conspiración para ver el patrón: cada crisis bélica del último siglo ha dejado una factura fiscal que la ciudadanía paga durante décadas. La novedad es que ahora el aviso llega antes de que la maquinaria esté engrasada del todo.
Hay quien sostiene que el objetivo real no es la guerra, sino el control.
Las prisas por implantar leyes de censura, la identidad digital y el euro digital apuntan, según esta lectura, a acallar voces discordantes y reprimir cualquier disidencia. El clima prebélico sería el envoltorio perfecto para vender recortes de libertades como medidas de seguridad.
¿Quién va a ir a la guerra?
La respuesta más repetida es un no rotundo.
La inmensa mayoría de europeos se va a negar a ir a morir a tierras extranjeras. El pacifismo inoculado durante décadas y la nula identificación nacional o europea de los ciudadanos juegan en contra de cualquier llamamiento patriótico.
El perfil demográfico tampoco ayuda. Menos natalidad que en toda la historia y los jóvenes más cuidados de toda la generación. Enviar a esa generación a la picadora de carne requiere un relato que hoy no existe. Ni la sociedad ni las familias españolas son las de 1914.
El argumento más repetido es que
nadie va a ir a la guerra. Lo que se busca es asustar para justificar el expolio: subidas de impuestos, peajes en carreteras, un impuesto de solidaridad bélica europea y tramos de IRPF más altos. El truco es que la gente aplauda porque le suban los impuestos con tal de no ir al frente.
El precedente de 2022 y el escepticismo
No es la primera vez que se activa esta alarma.
Me sorprende que caigáis en las mismas mierdas que las que se dijeron en 2022. Entonces también aparecieron expertos en televisión aterrorizando al personal con la misma cantinela. La diferencia es que ahora el relato tiene menos recorrido.
El escepticismo se apoya en un dato de experiencia: los que vivieron el servicio militar obligatorio ya no están en edad de repetirlo, y los que están en edad no tienen ninguna intención de prestarse.
Al primer muerto tendríamos más propaganda que la que hemos visto en toda la vida junta.
Ese cálculo es el que desactiva la amenaza. Un solo féretro de vuelta obliga al Gobierno a dar explicaciones que hoy no tiene. Y con la capacidad de difusión actual, ningún gobierno aguanta el monopolio de la verdad.
El coste político de la aventura
La caída del último régimen de partidos empezó con protestas contra el reclutamiento. Ni la sociedad ni las familias españolas son lo que eran, pero la llegada de unos cientos de jóvenes en bolsas y lo que se les ocurra para justificar que los hijos de la casta libren suele cabrear bastante al personal.
El cálculo político es sencillo: los que deciden no mandan a sus hijos. Y eso, en un país donde la brecha entre élite y ciudadanía se mide en años de crisis, es dinamita.
Más de la mitad de la población adulta defiende a muerte la continuidad del Estado porque vive de él, pero esa misma mitad no está dispuesta a que sus hijos vayan al frente por los que sí viven muy bien del Estado.
La conclusión que se impone es que el reclutamiento no hace falta que llegue para hacer daño. Basta con que se hable de él. El miedo ya está haciendo el trabajo que la guerra haría después.