Incendios forestales: más intensos, mismos fallos de gestión
Cuando las llamas devoran la sierra madrileña, el diagnóstico se repite: menos incendios, pero más virulentos. Lo dice Arantza Pérez Oleaga, vicedecana del Colegio de Ingenieros de Montes, y es un hecho confirmado por los datos. La vegetación acumulada por el abandono rural se ha convertido en combustible perfecto. Lo que no se dice con la misma claridad es quién debe pagar el pato.
El 72-75% del monte español es privado, y buena parte está en manos de pequeños propietarios que no pueden o no quieren gestionarlo. El minifundismo forestal es una losa. A eso se suman las trabas burocráticas que impiden a ganaderos y agricultores limpiar montes y cauces. El resultado es un paisaje legalmente intocable que arde como una tea.
Este año ha sido el más lluvioso en décadas. Los pantanos rebosan. La vegetación ha crecido como nunca, y cuando llegó la ola de calor, el monte explotó. Nada de cambio climático como excusa única; el problema es la inacción administrativa y una legislación que protege tanto que termina matando el bosque.
Los ecologistas, que reciben subvenciones para conservar, callan mientras arden miles de hectáreas. Las administraciones miran para otro lado. Y los ingenieros forestales, muchos funcionarios, también guardan silencio. Entre todos han montado un ecosistema donde nadie limpia, nadie corta, y las llamas lo resuelven todo.
Con estos mimbres, los incendios no serán menos, sino más destructivos. Y la culpa, según el relato oficial, la tiene el ciudadano que no se conciencia. O la lluvia, que ya es decirlo.