El eufemismo de las «psicólogas» y la cuenta que no sale
¿Quién paga a las «psicólogas» del ejército ucraniano? La respuesta que circula no procede de un informe, ni de una investigación, ni de una cámara en una trinchera. Procede de un forero que dice intercambiar mensajes con un joven que desertó y que se esconde; según esa versión, en su unidad llamaban «psicólogas» a las mujeres que aliviaban el estrés de la tropa. Él, siempre según ese relato, se negó a aceptar esos servicios mientras estuvo en filas. Ahora, oculto, paga a una para que vaya a verle
una vez cada 15 días. El relato es de segunda mano, sin nombre, sin documento y sin una sola imagen que lo respalde. Y aun así abre una pregunta económica mucho más sustanciosa que el chisme de trinchera: con las nóminas que se manejan, ¿quién pone el dinero?
De dónde sale el término «psicólogas» en el ejército ucraniano
No consta un puesto oficial con ese nombre. El término funciona como eufemismo interno: la palabra suena a atención psicológica y sirve para nombrar otra cosa. La misma conversación recoge una segunda lectura, bastante menos amable: las «psicólogas» serían comisarias políticas dedicadas a empujar a los hombres al asalto con el repertorio de
no eres hombre, no tienes huevos, y se afirma —sin prueba alguna— que a alguna la han matado sus propios compañeros para no volver al frente. Afirmaciones que circulan por canales de mensajería, no hechos acreditados.
Del mismo modo se describe el mercado: la prostitución estaría prohibida en el ejército y, al mismo tiempo, circularía como circulan otras cosas en una guerra larga. Se distinguen dos circuitos: civiles que trabajan en burdeles móviles cerca de la línea de frente y militares con
puestos ficticios —limpieza, intendencia— cuya función real sería otra y que así se garantizan un destino tranquilo en retaguardia.
La nómina que no cuadra: 17 euros frente a 2.000
Aquí es donde el asunto se vuelve interesante. La misma fuente maneja tres cifras de sueldo militar. Un soldado movilizado cobraría
17 euros al mes. Un profesional,
1.000 euros, el triple del salario medio del país. Y
2.000 con el complemento por desplazamiento a zona de guerra. La escala es enorme y explica por sí sola muchas cosas, incluida la calidad del equipo: el desertor dice que se pagaba de su bolsillo hasta lo básico.
Con esos números, la hipótesis de un servicio costeado por la institución se cae sola. Con 17 euros mensuales no se contrata nada. Con 2.000 se contrata poco, si se toma como referencia la tarifa que la propia conversación atribuye al mercado europeo:
al menos 100 euros por hora. Quién paga es algo que el relato no aclara.
¿Hay alguna prueba de las «psicólogas» en el frente?
Ninguna disponible. Se mencionan fotos publicadas en redes sociales de mujeres que se anunciaban como profesionales del sexo y que después aparecen con uniforme en la trinchera. Quien las cita reconoce que
no las tiene a mano. No hay listado de puestos sancionados, ni resolución, ni unidad identificada, ni denuncia con nombre. En un asunto así, la ausencia de prueba no demuestra nada en ningún sentido: deja el término flotando.
En el tramo final la conversación deriva hacia el trabajo sexual de mujeres ucranianas en Europa, con tarifas estimadas y generalizaciones sobre el colectivo que carecen de cualquier respaldo. No se sostienen y no se reproducen aquí.
El eslabón más débil: un desertor escondido que escribe
Todo se apoya en una cadena frágil. El testigo estaría oculto, huyendo de la búsqueda de su propio ejército. Cuenta que se alistó voluntario, que no había comida ni equipo y que un día se marchó. Su sargento le escribió para decirle que si volvía no habría consecuencias negativas. Él no quiere volver. Y asegura que los registros domiciliarios se han extendido a casas donde antes no entraban.
Desde dentro de la propia conversación se apunta la objeción obvia: un desertor escondido tiene mejores cosas que hacer que mandar mensajes a un desconocido. Duda razonable y sin resolver.
El psicólogo de toda la vida tiene consulta. Este, según el relato, cobra por visita y vive en una trinchera. Mientras nadie enseñe la nómina, el puesto o la foto, el eufemismo seguirá siendo exactamente eso: una palabra que suena a cuidado y cotiza como otra cosa.