Apocalipsis nuclear: la fractura entre quienes temen y quienes niegan
Hay quien asegura que el arsenal atómico mundial podría destruir la Tierra cinco veces. Ni siquiera hace falta que sea cinco: con una fracción bastaría para acabar con la civilización tal como la conocemos. Pero en los círculos de preparación para emergencias ha prendido una tesis incómoda: que las armas nucleares no existen, que todo es un montaje para mantenernos controlados. El asunto ha agitado a quienes se preparan para el colapso, y no precisamente por unanimidad.
La teoría de que los artefactos nucleares son un invento
Los argumentos de esta corriente son simples: si los gobiernos mienten sobre las pandemias, ¿por qué no iban a mentir sobre las bombas? Se compara el arma atómica con el miedo al covid: algo que solo existe para los creyentes. Frente a eso, están los hechos históricos: Hiroshima y Nagasaki demostraron el poder real de la fisión. Y aun así, la posibilidad de que cabezas nucleares desaparecieran tras la caída de la URSS sigue alimentando el imaginario de que el control es más frágil de lo que parece. Algunos llegan a ironizar con que las llaves atómicas de los presidentes de las superpotencias podrían ser vulnerables a una niña de 12 años con un dispositivo casero parecido a una blackberry.
La amenaza que no se ha ido: de Hiroshima a los restos de la URSS
Quienes defienden que el peligro es real recuerdan que no hace falta un ataque deliberado: basta un error de cálculo. La caída del bloque soviético abrió la puerta a que artefactos o materiales nucleares cayeran en manos equivocadas. Y la cultura popular ha dejado su advertencia: películas como «On the Beach» o la serie de la BBC «Threads» muestran un escenario donde esconderse sirve de poco. No son obras recientes, pero su mensaje se mantiene: en un intercambio nuclear, la supervivencia es una cuestión de minutos, no de refugios.
Del miedo a la bomba a la disputa por los recursos
La discusión deriva pronto hacia el maltusianismo. Se sostiene que el mundo puede alimentar a toda su población si se acaba con la especulación; otros replican con una comparación incómoda: los 1.400 millones de indios consumen tanta carne como los 84 millones de alemanes. El problema, se concluye, no es de cantidad sino de distribución. De ahí se salta a la regulación ambiental: la gasolina con plomo se retiró del mercado mundial en 2021, y la UE ha restringido el plomo en la munición de caza en humedales desde 2023. ¿Prohibir o no prohibir? Para algunos, el ecologismo se ha convertido en el nuevo enemigo.
La conversación empieza hablando de la aniquilación total y termina con un debate sobre termómetros de mercurio y perdigones. Esa deriva es, quizá, la mejor metáfora del estado de ánimo: el miedo al fin del mundo se mezcla con el recelo a cualquier regulación, mientras la pregunta de fondo queda sin respuesta. Si las armas nucleares existen, nadie ha explicado por qué no se usan. Si no existen, a nadie le importa lo contrario.