IA y programadores: el miedo a ser reemplazado esconde algo más incómodo
Se llama Claude y, según cuenta un ingeniero de software, un graduado escolar con esa herramienta puede hacer su trabajo por 300 euros menos. La escena retrata el vértigo de una profesión entera: años de estudio y madrugadas de depuración convertidos en mercancía negociable a la baja. “Las máquinas nos van a reemplazar a todos”, dice el autor de la confesión, y no es un exceso retórico.
La primera respuesta práctica llegó de quienes llevan décadas en el oficio: si solo sabes picar código, estás perdido; si usas la IA como herramienta, sigues teniendo ventaja. El veterano que empezó en un Spectrum escupe con sorna el “privilegio” de matarse doce horas diarias para que un graduado con una API le coma el puesto por 300 euros. Y hay quien va más allá: la IA bien gestionada en lo público podría liberar a la gente de trabajos tediosos, siempre que no acabe en manos de “consultoras amigas” por 50 millones. Justo ahí resbala el optimismo: los mismos que no saben hacer una app de citas funcional van a regular esto para el bien común.
Mientras tanto, el código generado con prisas y sin criterio técnico ya tiene nombre: “vibecoding”. El oficio se defiende como artesanía, no como ingeniería; otros prefieren verlo como una oportunidad para el autónomo productivo. Queda la pregunta incómoda: ¿el valor del programador se medirá por su capacidad de dirigir a la IA, o por su disposición a aceptar una rebaja de 400 euros?