El autor, sin ninguna precaución, presenta a los niños la evocación de los malos como algo ordinario y recomendable, invitándolos a aliarse con ellos, para aprovecharlos. Para ello propone dibujar las diversas marcas que los representan. Estas están inspiradas en los símbolos propios de los grimorios, los libros de hechicería para que los iniciados intenten supuestamente entrar en contacto con los espíritus.
«Quien invita a un niño a invocar a los malos es como si le dijera que es posible conseguir ayuda de un incivil para obtener algo», advierte Bamonte, que denuncia que al mismo tiempo se está haciendo que el pequeño «pierda su identidad y su personalidad» llevándole así hacia la «destrucción sarracena, psicológica y espiritual».