Vivir de deuda o ahorrar: el criterio que separa a los conocidos
Un hombre de 37 años, divorciado y con dos hijas, acaba de estrenar su tercer coche de gama media-alta. El último, un
BMW Serie 3 financiado. En el banco no tiene un duro. Quien lo cuenta lleva 25 años a su lado y reconoce que cada vez le apetece menos quedar con él. El motivo no es una deuda concreta: es que el
ahorro se ha convertido en un criterio para decidir con quién se sienta uno a cenar.
Sobre esa anécdota se ha levantado una enemistad de manual. El que guarda dinero frente al que se llama a sí mismo
vividor de la deuda. La distancia no se mide en euros, se mide en desprecio mutuo.
«No ahorras porque no produces»: la acusación de gastar por encima de lo que se ingresa
El reproche central es sencillo: el problema no está en gastar, sino en
depender de una nómina o de un crédito para sostener el nivel de vida. Quien defiende esa postura afirma que no teme a ningún corralito y que no se cambiaría por quien vive a crédito, y remata con una idea repetida: el que no ahorra es el que no produce.
El cabreo sube de tono cuando entra en juego la comparación con el propio esfuerzo. Hay quien calcula que pasar entre 10 y 20 años pagando una hipoteca a un tipo medio del 5 % deja a cualquiera sin margen, y aun así saca conclusiones morales: si no sobra nada, se dice, es porque se ha decidido aparentar antes que prever.
La defensa de vivir al día: la inflación se come el ahorro
No todos juegan en esa liga. La objeción más repetida es que
el dinero parado pierde no menos de un 10 % cada año, y que en un sistema que rescata al endeudado —deuda pública, impuestos, ayudas— la prudencia se paga sola en pérdida. Se argumenta que el ahorrador sostiene con su esfuerzo a quien luego es auxiliado, y que el ciclo se repite porque el voto del deudor pesa más que el silencio del previsor.
A eso se añade el efecto arrastre. Si cualquier descalabro acaba cubierto por el Estado o por el entorno familiar, la pregunta deja de ser ética y pasa a ser aritmética: ¿para qué privarse hoy si mañana el sistema socializará la factura?
El coste de aparentar: coches de 54.000 euros y casas sin un libro
El retrato más repetido es el del gasto visible. Un coche de
54.000 euros, ingresos en casa por encima de los
4.000 euros mensuales y ni un libro en las estanterías. El mismo relato incluye letras sufragadas por terceros para esquivar un embargo y una vida social construida sobre la barra de un bar mientras se explica a la vecina que no se llega a fin de mes. «El vicio de aparentar, aparte de estúpido, es carísimo», resume una de las posturas.
La escenografía tiene su propio código: coches de gama alta, viajes, marcas y perfiles que viven a dos nóminas de la ruina, con el añadido de que quien no gasta es señalado como infeliz. El juicio, en este caso, va en las dos direcciones.
El ahorrador impresentable: cuatro pisos, diez aparcamientos y su primer vuelo a los 50
Porque el otro extremo tampoco sale bien parado. Se describe a quien acumula
cuatro pisos y diez aparcamientos y se subió por primera vez a un avión con cerca de 50 años, y a un sesentón soltero, sin hijos ni sobrinos, con un patrimonio aproximado de
dos millones de euros, que gasta menos que un ciego en novelas. Ante ese cuadro, la pregunta es la contraria: ¿a qué espera para disfrutar?
De ahí sale el matiz que rompe la dicotomía. Ahorrar sin invertir, se sostiene, no vale de nada, porque la inflación se lleva el esfuerzo; y quien invierte sin idea puede perderlo todo. La conclusión incómoda es que guardar dinero no basta, pero gastarlo tampoco resuelve nada.
Cuando el enfado se convierte en sectarismo
En el tramo más bronco, la crítica económica deriva en descalificaciones colectivas. Aparecen intervenciones que menosprecian a las mujeres por supuesto parasitismo, mensajes de hostilidad hacia colectivos enteros y propuestas que directamente no vamos a reproducir. El diagnóstico de fondo resulta más interesante que el exabrupto: la sensación de que el sistema premia al imprudente y castiga al previsor sin que nadie haya encontrado la forma de romper esa rueda.
Lo demás es ruido. Ruido y una pregunta sin cerrar: ¿es el ahorro una virtud privada que se ha vuelto insoportable en público, o el síntoma de una economía que hace negocio con la deuda ajena?