Casuario: una garra de 12 cm y ningún arma a mano
¿Cómo se contiene la embestida de un ave que ataca con una garra de 12 centímetros? No es una hipótesis de laboratorio. El 12 de abril de 2019, un hombre de 75 años murió en Florida después de que una de las aves exóticas que criaba en su propiedad le provocara heridas que resultaron letales en el hospital. La víctima mortal anterior con nombre y fecha fue el cazador Phillip McClean, en Australia, en abril de 1926, que recibió el golpe en el cuello cuando ya había tropezado huyendo del animal.
Ese doble registro —un caso de hace un siglo y otro de hace unos años— enmarca toda la discusión técnica alrededor del casuario: un ave que, según los cálculos que manejan quienes la han tratado, pesa como una persona adulta, se mueve más rápido de lo que uno reacciona y cuenta con
tres dedos con garra, con la del dedo interno alcanzando hasta 12 centímetros. La anatomía hace el resto.
Qué convierte al casuario en un arma con plumas
El casuario no ataca con el pico. Ataca con las patas. Si se siente amenazado, salta y golpea con esas garras «parecidas a dagas», capaces de infligir heridas potencialmente letales a los órganos internos y de provocar hemorragias graves. La comparación que se repite en el hilo es la de un velocirraptor a escala de ave gigante, y no es del todo exagerada: para uno de los participantes es, directamente,
un tiranosaurio con plumas.
A las garras se suma un dato que el hilo da por bueno. Un casuario adulto rondaría los
60 kilos, la cifra que un participante equipara al peso de un varón humano medio. Cualquier técnica que valga con un ave doméstica se cae por la base cuando el bicho pesa lo que pesa. Y hay un detalle que, según otro participante, agrava el problema: al contrario que un felino o un oso, que pueden ignorarte si no les apetece pelea, este tipo de aves
no retroceden cuando se les cruza el cable.
Dónde está su punto débil: el cuello y la distancia
Quien dice haber trabajado de cerca con grandes aves corredoras apunta al mismo sitio. El cuello. La técnica que describe combina dos movimientos: esquivar de lado, porque la patada llega de frente y en cuestión de milésimas, y lanzar la mano al cuello para sujetarlo. Una vez controlado, el animal retrocede, cierra los ojos y agacha la cabeza. Ese es el punto donde se siente indefenso.
La otra escuela es más prosaica y, probablemente, más realista para quien no ha criado nunca un bicho de estos:
dominar la distancia. Una vez que lo tienes encima, sin nada arrojadizo ni con lo que atizarle, la cosa se complica mucho porque corre y salta con una agilidad que no se intuye al verlo. Hay quien propone la táctica del avestruz —levantar un brazo como si fuera un cuello y mantener la posición— y quien directamente responde con ironía: ponerse al lado de alguien más alto para que el ave elija otro objetivo.
Palo, piedra o manguera: el arsenal improvisado
Sin arma de fuego, el repertorio que sale a relucir es corto. Un palo largo y duro, a poder ser, porque la clave es el alcance: si tienes que acercarte para golpear, ya has perdido. Un pedrusco bien lanzado. Y, para quien maneja ganado, la manguera abierta que no suelta agua hasta el momento justo: dos o tres duchas y el animal coge miedo. La idea del combate cuerpo a cuerpo puro —agarrarlo por el cuello y hacerlo girar hasta descoyuntarlo— la defiende al menos un participante, con muchas reservas.
La duda que sobrevuela todo el asunto es si el combate desarmado contra un animal salvaje es siquiera una opción. La respuesta mayoritaria, cuando se baja a la experiencia real con ganado, es que no. Los relatos de quienes han lidiado con ganado apuntan en la misma dirección: un carnero que topa, un gallo con espolones que ataca por la espalda o un toro de casi mil kilos meten un correctivo en un segundo. El promedio en combate cuerpo a cuerpo contra fauna de ese tamaño es malo, y quien diga lo contrario probablemente no se ha cruzado con uno.
De un gallo de corral a un toro de mil kilos
El hilo de comparaciones es revelador. Quien ha criado aves grandes describe un patrón: al animal hay que
imponerle respeto la primera vez, porque si sobrevive al primer envite no vuelve a venir con las mismas intenciones. Un gallo agresivo se corrige con una patada en el momento justo; un carnero que topa, con un golpe seco donde más duele. La lógica de quien trabaja así con animales es la del castigo inmediato y proporcionado, no la del pulso romántico.
La escala, sin embargo, cambia las reglas. Con un bicho que ronda los 60 kilos y lanza patadas frontales con garra de daga, el margen de error es de milímetros. Y hay un dato que descoloca a quien se lo toma a broma: pese a su fama,
entre la muerte de McClean en 1926 y el caso de Florida de 2019 no se le atribuye otra víctima mortal documentada. Y aun así sigue llevándose el título de ave más peligrosa del mundo: hay quien, como uno de los participantes en el debate, considera el récord un poco inflado.
El veredicto
Así que la respuesta corta a la pregunta del título es incómoda: con las manos desnudas, la mejor técnica es la que evita el enfrentamiento. Palo, piedra, manguera o directamente un coche —que, técnicamente, no es un arma—. El resto es literatura de barra de bar con plumas. Y ojo, que a lo mejor ni eso: el ave lleva un siglo con apenas un puñado de víctimas mortales documentadas y nosotros todavía discutiendo cómo descoyuntarla con las manos.
Con comunismo, decía uno.