Follar en el bosque: entre la fauna, los drones y la nostalgia
La pregunta que abre el asunto es tan directa como el título: «Follar en el bosque. alguien lo ha hecho?». Y la respuesta, a juzgar por lo que se despliega después, es que sí, que muchos, y que la mayoría lo recuerda con una mezcla de nostalgia y sentido del ridículo. La conversación arranca con una propuesta sencilla —desviarse de la ruta con la pareja y echar un polvo en plena naturaleza— y termina convertida en un catálogo de escenarios, riesgos y advertencias que van del pino al dron, pasando por el hormiguero.
Lo primero que llama la atención es la naturalidad con la que se asume que el campo ha sido, durante generaciones, el dormitorio de emergencia de este país. «Follar en el campo es lo más normal en los pueblos, ya sea en el bosque o en un prado», sentencia uno de los intervinientes. Y otro añade el detalle costumbrista: en su pueblo lo habitual era «entre los campos de maíz o en el pajar o almiar». No es una excepción: es la norma no escrita de la España rural, donde la falta de intimidad en casa empujaba a buscar la intimidad donde fuera.
El catálogo de escenarios: del capó al hormiguero
Si algo caracteriza al asunto es la variedad de localizaciones que se van acumulando. Hay quien confiesa haberlo hecho «en la playa de noche, sobre el capó de un coche a la intemperie», en «los baños de una discoteca» o «en el bosque también mira». Otro amplía la lista: «En un campo de cultivo. En un cementerio. En una lavandería. En la playa. En unos baños públicos. En la casa de su novio. En la cama de sus padres. En el monte». La enumeración, casi notarial, tiene su punto de inventario generacional.
Pero no todo es idilio. La realidad del suelo forestal se impone: «las agujas de pino se clavan cosa mala. Casi prefiero las zarzas». Y hay quien directamente descarta la experiencia: «si te refieres a follar encima de piedras y matorrales no es algo que me resulte muy atractivo». El romanticismo de la hierba alta se topa con la ergonomía.
El factor dron: la intimidad vigilada
La conversación da un giro cuando entra en escena la tecnología. «Es bueno que deis rienda suelta a vuestra pasión pero recordad que hay drones de guardia siví volando las 24 h», advierte un mensaje. La advertencia no es baladí: «Las imágenes capten pasan a ser propiedad del Estado, si, imágenes de tu santa en bolas espatarrada/con el culo en pompa para uso y disfrute personal del Ministerio del Interior».
La pregunta inmediata es si esos drones son visibles. La respuesta, escueta, es que no siempre: «Los hay que no, te pueden estar filmando desde kilómetros sin que tu lo sepas». El viejo temor al guarda jurado se ha actualizado: ya no es el hombre con escopeta, es el ojo electrónico. Y hay quien lo lleva al extremo: «si tuviese sexo en ése paraje no saldría del coche por pura seguridad, tanto mía como de mi chica».
La nostalgia de la España precaria y el miedo a la España vigilada
Hay un contraste generacional que atraviesa toda la conversación. Los veteranos recuerdan tiempos en los que el único testigo era la fauna: «SI a 4 patas....era otra epoca con moviles que empezaban a hacer fotos de muy baja resolucion y por supuesto nada de drones. Pero creo que alguien nos vio......». La precariedad tecnológica era, paradójicamente, una garantía de intimidad.
Hoy el cálculo es otro. Un interviniente lo resume con crudeza: «Cuando tienes 20 años se folla donde haga falta, hasta con la suegra dormida en el sofa de al lado mientras miras Noche de Fiesta. Hoy en dia o me ponen minimo un pikolin debajo o nada». La edad cambia las prioridades, y también el catálogo de miedos.
No falta quien eleva la experiencia a categoría casi mística: «Recibir una cuatropateada salvaje en mitad del bosque, con toda la fauna y la flora como espectadores, es una experiencia que te conecta con la naturaleza. Con tu yo macaco. Con el puto África». La ironía es evidente, pero debajo hay una reivindicación de lo instintivo frente a lo civilizado.
Los riesgos que nadie menciona hasta que pasan
Entre las anécdotas más ligeras se cuelan también los avisos serios. Uno de los relatos más crudos es el de un encuentro en el monte en el que «se me rompió el condón con algo, y no nos dimos cuenta hasta el final. Además como éramos menores no nos querían dar la pastilla del día después sin un adulto. Una historia de terror». La anécdota, contada sin dramatismo, recuerda que la improvisación tiene costes.
También aparecen los riesgos del entorno: «Lobos. O que aparezcan tarados entre los arbustos con escopetas a vacilar o algo». La fauna salvaje y la fauna humana compiten por el protagonismo.
El coche como refugio y la logística del desfogue
A medida que avanza la conversación, el coche se consolida como la solución de compromiso. «Dentro del coche claro que he follado en el campo o en mitad de una arboleda», admite uno. Y otro amplía: «En coches dentro y sobre ellos. Mamadas conduciendo». La conducción y el sexo se cruzan en un clásico que, según uno de los participantes, «deberían incluirlo en la autoescuela».
La logística se complica cuando entra la normativa de tráfico: «Que no se entere el psicópata ese de la DGT, que te quita 8 puntos del carnet mínimo». La broma esconde una realidad: el sexo en movimiento tiene consecuencias legales.
Lo que queda del bosque
Al final, la conversación deja un retrato generacional más que una respuesta única. El bosque fue el primer dormitorio de muchos, el lugar donde se aprendió que la intimidad se negocia con el entorno. Hoy compite con drones, con la DGT y con la comodidad de una cama. ¿Sigue mereciendo la pena el pino, la hierba y el riesgo de que un vecino con prismáticos te confunda con un jabalí?