Calatrava recupera en cinco minutos el reloj de 100.000 euros que le arrancaron de un tirón
¿Se puede pasear por el centro de una capital europea con un reloj de 100.000 euros en la muñeca sin que te lo arranquen de un tirón? La respuesta, a la vista de lo ocurrido en el Pont de Fusta de València, es que no. Santiago Calatrava, el arquitecto valenciano más internacional, residía esos días en la ciudad y caminaba junto a su yerno cuando un joven de 27 años se le acercó, le empujó y le arrancó el reloj suizo, una pieza única valorada por encima de los 100.000 euros. Eran las 20.40 horas. El asalto duró fracciones de segundo.
Lo que vino después es lo que ha convertido el suceso en un caso atípico. Un turista inglés en bicicleta que presenció el robo salió detrás del fugitivo. Un agente de la Policía Autonómica que pasaba por allí, libre de servicio, hizo lo mismo. Entre ambos lo alcanzaron al final del puente y lo retuvieron hasta que llegó la primera patrulla, que lo detuvo y lo trasladó a la inspección central de guardia. Cinco minutos después del tirón, Calatrava volvía a tener el reloj en la muñeca. El ladrón, mientras estaba retenido en la calle, recibió una llamada desde Suiza, según informaciones publicadas, lo que ha abierto la hipótesis de un robo por encargo. La unidad de atracos de la Policía Nacional se ha hecho cargo de la investigación.
El parte de lesiones y la factura hospitalaria
El arquitecto no salió indemne. El ladrón le hincó la rodilla en la cara posterior de una pierna para hacerle caer mientras le arrancaba el reloj, y Calatrava acabó en el Hospital Quirónsalud, en la avenida de Blasco Ibáñez, con un fuerte dolor en esa zona. Permaneció en el centro privado hasta la una de la madrugada, cuando los médicos concluyeron el examen y le dejaron volver a casa. Ese parte de lesiones se incorporará al procedimiento judicial y servirá para reclamar al detenido. La pieza, un regalo personal del que no se separa jamás, quedó de nuevo en su muñeca.
¿Por qué un robo con final feliz genera tanta desconfianza?
Porque el resultado no encaja con lo que suele ocurrir. La reacción mayoritaria en el debate ha sido de escepticismo: se sostiene que la recuperación exprés y la detención inmediata son la excepción, no la norma, y que la mayoría de los tirones en la vía pública no acaban así. Hay quien compara el caso con otros sucesos similares en Barcelona y apunta a la saturación del sistema como causa de que la respuesta policial no sea siempre la misma. La hipótesis del robo por encargo, con esa llamada desde Suiza mientras el sospechoso estaba retenido, ha alimentado todavía más la sensación de que aquí no se ha detenido a un ladrón cualquiera, sino a un eslabón de algo más grande.
La impunidad percibida y el Código Penal
El segundo foco del debate es la sensación de impunidad. Se argumenta que la policía puede detener, pero que el aparato judicial y el legislador no acompañan: que el detenido puede volver a la calle y que el castigo llega tarde o no llega. Frente a esa posición, otra corriente recuerda que la detención se ha producido, que hay diligencias en marcha y que el parte de lesiones permitirá reclamar. La discusión deriva hacia la política migratoria y hacia el endurecimiento del Código Penal, con posturas que van desde la mano dura hasta quienes consideran que el problema es de saturación y de medios, no de leyes.
El reloj como provocación: el debate sobre la ostentación
Una tercera línea, la más incómoda, cuestiona que se lleve un reloj de 100.000 euros por la calle. Se sostiene que exhibir esa cantidad de dinero en un país con una renta media muy inferior es una temeridad y, para algunos, un insulto. La respuesta contraria es tajante: cada uno gasta su dinero como quiere y la culpa es del que roba, no del que lleva. En medio, varios participantes cuentan que han ido bajando el valor de sus relojes —de un Seiko a un Citizen de titanio, de ahí a un Casio y de ahí a un smartwatch de 23 euros comprado en AliExpress— por pura prudencia. La anécdota resume el ambiente: la calle ha dejado de ser un espacio neutral.
El turista en bici y el policía fuera de servicio
La intervención del ciclista inglés y del agente autonómico libre de servicio es el dato que más se ha subrayado. No hubo operativo, ni aviso previo, ni casualidad de comisaría cercana: dos personas que pasaban por allí resolvieron lo que el sistema tarda en activar. Esa es, precisamente, la parte que más incomoda: si la respuesta depende de que un turista en bicicleta y un policía de paisano estén en el sitio adecuado, el modelo no es replicable. El robo por encargo, con esa llamada desde Suiza, apunta a que el reloj ya estaba fichado antes de que Calatrava pisara el puente.
Al final, el reloj volvió a la muñeca, el ladrón al calabozo y el arquitecto al hospital. Todo en menos de cinco horas. Si eso es la normalidad, que alguien avise a los que aún creen que llevar un buen peluco por la calle es solo una cuestión de gusto.