Influencers invisibles: la fractura generacional que golpea a la economía de la atención
Cualquier persona que haya cumplido los 50 se habrá topado en los últimos meses con un listado de nombres que no le dicen absolutamente nada: El Xokas, Ibai, Davoo, La Cobra, Darío Eme Hache. Una decena de rostros que, juntos, acumulan millones de seguidores en redes y una facturación millonaria. Pero para el público que creció con Platón o el Renacimiento, son perfectos desconocidos.
El negocio de los 'lápices menos afilados'
El origen del desencuentro es una frase que circula: "las élites han buscado siempre los lápices menos afilados del estuche para transmitir sus mensajes". La idea es que estos creadores de contenido, de perfil bajo en cuanto a formación clásica, son precisamente los que conectan con las masas. Las cifras no mienten: Ibai Llanos, por ejemplo, acumula millones de visualizaciones por stream y contratos con grandes marcas. El influencer marketing mueve en España más de 300 millones de euros al año. Sin embargo, más allá de la crítica simplona de que "no son científicos", el dato que descoloca es que, según se debate, estos influencers tienen un coeficiente intelectual igual o superior a la media. No son tontos, ni mucho menos: sus managers son los inteligentes, ellos son otra cosa.
La brecha que no se cierra
El intercambio de comentarios muestra un patrón repetido: los usuarios que empiezan con "5" en su edad desconocen a todos los mencionados. Mientras, los más jóvenes los defienden como figuras mediáticas clave. Esta fractura tiene consecuencias económicas: las marcas que quieren llegar al público juvenil no tienen otro remedio que recurrir a ellos, pero al mismo tiempo alienan al consumidor senior. La economía de la atención se ha fragmentado en burbujas generacionales que apenas se solapan.