El bachillerato de élite que España no volverá a ver
Un profesor lo dijo sin rodeos: el nivel de los bachilleratos de los años 60, 70 y parte de los 80 es
irrepetible. La afirmación, que en principio suena a nostalgia de catedrático, abre una discusión que va mucho más allá del aula. Porque el fondo del asunto no es si antes se estudiaba más Latín, sino si aquel sistema era excelente o simplemente
excluyente.
El diagnóstico del docente se apoya en tres patas: exigencia extrema, cultura general enciclopédica y disciplina férrea. Un bachillerato selectivo, al que solo llegaba una minoría, permitía una profundidad académica hoy inimaginable. Latín, Griego, Filosofía e Historia formaban lo que se llamaba «hombres cultos». Reducir eso a una simple «enseñanza media» es, para esta corriente, rebajar su esencia intelectual a un trámite para trabajar.
La letra pequeña del milagro educativo
El contraargumento es demoledor: aquel nivel era alto porque
casi nadie llegaba. La democratización del acceso a la formación post-obligatoria es el gran éxito del sistema actual, no su fracaso. Hoy un estudiante maneja herramientas digitales, idiomas modernos y análisis crítico que en los 70 ni existían. El conocimiento se ha expandido, no necesariamente degradado.
Pero la discusión se encona cuando se baja al detalle. Hay quien sostiene que el pensamiento crítico ha desaparecido y que el bachillerato actual no consigue el nivel técnico y científico que el mundo laboral exige. El problema no sería la amplitud, sino el
rebaje de exigencia. La «democratización» habría venido acompañada de una cuasi obligación de aprobar a todo el mundo.
¿Qué sabía un alumno de los 70 que hoy no sabe nadie?
La anécdota más repetida tiene forma de problema de matemáticas. Un profesor con
40 años de academia de recuperación cuenta que un alumno se bloqueó con un ejercicio de tiro de proyectil porque no sabía qué era un cerro. Otro no sabía qué era una tapia en un problema de trigonometría. «Si les dejase los libros que estudié yo, no sabrían ni por dónde empezar», resume.
El diagnóstico se extiende a la universidad. Hay quien asegura que alumnos de 2º de bachillerato creen que el IVA hay que restarlo en lugar de sumarlo, y que las últimas promociones cometen faltas como «canbio» por «cambio». La conclusión es implacable: las promociones de la ley de Villar Palasí serían unos eruditos comparadas con lo que hay ahora.
El problema no son los alumnos
Una parte del análisis desplaza la culpa del alumnado al sistema. El bachillerato actual estaría bien diseñado; el problema es que Educación no deja de intervenir con el fracaso escolar y la obligación de aprobar. Si se mantuviera el programa pero con la exigencia de entonces, el resultado sería otro. La propuesta concreta: que la ESO críe más, y que solo quienes saquen de 8 a 10 puedan acceder a bachillerato.
Otra corriente apunta más alto. La decadencia educativa requeriría una recuperación
vertical ascendente: generaciones de alumnos levemente mejores que sus profesores, que a su vez formen profesores mejores, dispuestos a ser superados por alumnos más exigentes. Un trabajo de décadas, incluso de siglos, para revertir lo que se describe como un declive estructural.
El punto exacto donde el análisis se atasca es siempre el mismo: si el nivel era alto por mérito del sistema o por
selección de la clientela. Los defensores del modelo antiguo señalan el país que nos han dejado quienes se formaron en él. Los críticos responden que memorizar tochos no vuelve a nadie más inteligente, solo mide cuán dócil se es. Y mientras tanto, los nórdicos, que nos dieron lecciones, ya han empezado el camino de vuelta.