El oficio que construye España cobra como en 2000
La cifra circula como un aldabonazo: 1.200 euros al mes para un oficial de primera en la construcción. El dato, que aparece en una discusión sobre salarios del sector, no es una excentricidad aislada. Es la fotografía de un oficio que sostiene la economía del ladrillo mientras sus trabajadores ven cómo el suelo se les escapa bajo los pies. La paradoja es mayor si se mira el otro lado del espejo: los pisos se venden a precios de récord y la vivienda nueva no deja de encarecerse, pero quien la levanta cobra lo mismo que hace un cuarto de siglo.
La nostalgia de los 2.000 euros en Baleares
Hay quien recuerda con precisión de cirujano lo que se ganaba en la obra durante los años del boom. Un peón sin experiencia podía llevarse alrededor de 2.000 euros al mes en Baleares a comienzos de la década de 2000. Los destajistas de oficios nobles —soladores, ladrilleros, encofradores, ferrallas— se hacían con cantidades mayores, eso sí, a costa de un desgaste físico que no se negocia. La comparación duele: hoy un oficial de primera con experiencia demostrada, capaz de delegar responsabilidades y desenvolverse en cualquier puesto, ronda los 1.750-1.800 euros netos en el mejor de los casos. Los peones, en torno a 1.500. El grueso, muy por debajo.
La brecha con el pasado no es solo nominal. El dinero de entonces cundía más, y la diferencia se nota en la capacidad de ahorro. Por eso no faltan quienes sostienen que la oferta de trabajo en la construcción se ha vuelto un espejismo: por 1.200 euros, solo trabajan los desesperados. El resto prefiere el paro, el IMV o cualquier alternativa que no implique partirse la espalda ocho horas bajo el sol.
¿Quién se queda con el margen?
La respuesta rápida apunta a la patronal y a la mano de obra importada. Se argumenta que la llegada masiva de trabajadores dispuestos a aceptar condiciones peores ha servido para reventar los salarios del sector. El dumping, se dice, no solo afecta a los sueldos, sino a la calidad de vida: quien acepta menos en todo acaba marcando el estándar para el resto. Hay quien va más lejos y señala que la patronal lo quería así, y que los sindicatos, lejos de frenar la deriva, han mirado hacia otro lado mientras se erosionaban las condiciones del obrero autóctono.
Pero hay otra lectura que no conviene ignorar. La presión fiscal se lleva una parte sustancial del pastel. Un trabajador que cobra 1.200 euros le cuesta a la empresa alrededor de 2.000, y casi el 45% del facturado acaba en manos del Estado entre impuestos, IVA y Seguridad Social. Después vienen las herramientas, la furgoneta, el gasoil. El margen, dicen, no da para más. El dinero, en este país, quien se lo está llevando caliente es el Estado, no la pyme. Entre lo que se llevan las constructoras, las promotoras y el gobierno, el currito ha quedado entre la espada y la pared.
El precio de la vivienda no cuadra con los salarios
Mientras los salarios se estancan, los precios de venta de los pisos siguen en máximos históricos. La conclusión que se extrae es incómoda: los que menos sudan se están forrando. Ayuntamientos, constructores y vendedores de pisos capturan la plusvalía, mientras el eslabón más bajo de la cadena ve cómo su poder adquisitivo se reduce. La calidad también se resiente. Se están vendiendo casas de auténtica mierda a precio de caviar, con mano de obra sin formación y jornadas que se alargan hasta las doce horas, sábados incluidos.
Hay quien responde que el mercado se regula solo: si el salario es bajo, el trabajador se va a reformas o se hace autónomo. Los buenos albañiles, carpinteros, yesistas o electricistas que trabajan por su cuenta entierran en dinero negro a cualquier directivo de empresa. No les falta trabajo ni billetes, y pueden permitirse el lujo de elegir. Pero esa salida individual no resuelve el problema de fondo: la construcción como empleo asalariado se ha vuelto un refugio para quienes no tienen alternativa.
Un sector entre la precariedad y la nostalgia
La discusión deja un regusto amargo. Hay quien sostiene que en la época de la burbuja, aunque el trabajo fuera duro, pagaba mejor y no faltaban curritos. Otros recuerdan que la obra siempre fue un oficio de sacrificio, y que la diferencia es que ahora el sacrificio no se compensa. La pregunta que queda flotando es incómoda: si el precio de la vivienda sigue subiendo y los salarios de quienes la construyen no, ¿hasta cuándo se podrá mantener este desequilibrio? El sector tiene un problema de mano de obra, pero el problema real es que nadie quiere trabajar por lo que se paga.