Qué fue de tus compañeros: asesor de ministro o capitán de pesca
El expediente académico anticipa poco o nada. Al repasar qué ha sido de los compañeros de pupitre veinticinco o treinta años después, los casos se cruzan sin ninguna lógica: quien sacaba matrículas de honor acabó de encargado en un restaurante de comida rápida en Londres, y quien no terminó la EGB manda hoy un barco de pesca con un sueldo que ronda los
90.000 euros al año. Las notas y la nómina rara vez van de la mano. La escuela, como predictor de éxito, sale mal parada.
De la carrera impecable al currículum en blanco
Uno de los relatos más repetidos describe a alguien que estudió Ciencias Políticas con un currículum casi vacío —su experiencia más lucida, trabajar en una conocida cadena de cafeterías— y que, por la vía de la militancia temprana en un partido, habría acabado de asesor de alto nivel y emparentado con una familia bien situada del mundillo. El mérito no estaría en el talento, sino en el
enchufe y en la capacidad de estar en el sitio correcto durante años.
Es el reverso exacto del alumno que lo tenía todo para triunfar y no lo logró. La conclusión que se impone es que el
capital social pesa más que el expediente académico. No siempre. Pero lo suficiente como para que nadie se fíe del cuadro de honor.
¿Cuánto gana de verdad la gente de tu clase?
Los sueldos que se citan rompen cualquier expectativa. El antiguo capitán de pesca, que no acabó los estudios básicos, ronda los
90.000 euros anuales. Un director comercial en Austria llega a los 75.000. Y un ingeniero técnico, de los más aplicados del grupo, se queda en unos 40.000 dentro del departamento técnico de una multinacional. La horquilla es enorme y no responde a ninguna lógica académica evidente.
Hay un patrón que sí se repite: quien se colocó antes del estallido inmobiliario se asentó, aunque luego le echaran, porque ya tenía experiencia y sillón. Quien encadenó contratos temporales y cursos se quedó detrás. El momento de entrar al mercado, más que la nota media, marcó la trayectoria.
La vivienda, nuevo marcador de clase
El termómetro de quién ha prosperado ya no es el coche, sino el metro cuadrado. Un matrimonio de arquitectos se mudó a un piso de 130 metros y cuatro habitaciones cerca de Atocha por
725.000 euros. La reacción no se hizo esperar: por ese dinero, mejor un casoplón en plena naturaleza y vivir «como un ser humano digno», antes que una caja de zapatos con vistas al autobús urbano. El juicio sobre el tamaño del piso dice tanto del que compró como del que opina.
Al 90% de la clase se le ha perdido la pista
El contacto real es escaso. La mayoría reconoce que ha perdido el rastro a casi todos los antiguos compañeros, y que mantiene, como mucho, a un puñado. Hay un detalle llamativo: los que triunfan son fáciles de localizar, con sus perfiles y sus fotos colgadas; los demás se han esfumado. De algunos no hay rastro ni en redes sociales ni en ningún registro público.
Desaparecidos del mapa.
Los reencuentros de promoción, cuando ocurren, no siempre son sinceros. En una comida de antiguos alumnos a los veinticinco años de terminar, casi todos mentían: trabajos idealizados, vidas
perfectas. Algunos se pasaban tanto de fantasmas que el relato se caía solo. La foto de grupo aguanta mal la comparación con la realidad.
El colegio que se recuerda con alivio al salir
No para todos son buenos recuerdos. Hay quien describe su instituto público como un lugar de drogas, navajas y peleas, con la policía apareciendo de vez en cuando y algún episodio de violencia grave presenciado por casualidad. Para esa parte de la clase, la universidad y conocer otro tipo de gente fue una liberación, y con los compañeros de entonces no queda ningún vínculo.
Otros guardan nostalgia de los veinte años, de los buenos y malos ratos, y cierta curiosidad sincera por quienes fueron amigos íntimos. La mayoría coincide, en cambio, en que el pasado ya pasó y no merece operaciones de
rescate. Quien no está en el presente, por algo será.
Lo que muy probablemente pase
Si algo deja este repaso es que nadie puede predecir el resultado a los quince años. Con las redes sociales, la tentación de mirar atrás seguirá ahí: la que fue la más guapa de la clase y envejeció, el empollón que no despegó, el vago que montó un negocio y hoy va sobrado. Lo más probable es que la próxima generación lo tenga aún más fácil para curiosear, aunque el veredicto siga siendo el mismo: el azar y el entorno pesan más que las notas. Y es bastante posible que, dentro de otros veinte años, se equivoquen también los que hoy creen haber ganado.