Vivir toda la vida de una mala canción: el negocio de los éxitos plagiados
La industria musical guarda un secreto incómodo: no hace falta ser un genio para vivir de la música. Basta con una canción mediocre, un plagio bien ejecutado y un público que no pregunta. Las Ketchup y Fran Perea son los dos ejemplos más claros de este fenómeno en España.
El caso Aserejé: una canción sin sentido que llenó las arcas de su autor
«Aserejé», lanzada en 2002, es un ejemplo perfecto. Su letra es un galimatías que, según la leyenda urbana, cuenta la historia de Diego, un joven que entra en una discoteca bajo los efectos de sustancias. El éxito fue mundial, pero las hermanas Muñoz, las Ketchup, apenas vieron un euro. El verdadero beneficiario fue Manuel «Queco» Ruiz, el productor y compositor, que se llevó la mayor parte de las regalías. La canción, además, toma prestada la línea de bajo de «Good Times» de Chic.
Fran Perea y el plagio de 'Pure': la melodía que no era suya
El caso de Fran Perea es aún más descarado. Su canción «Uno más uno son siete», de 2003, es prácticamente idéntica a «Pure» de The Lightning Seeds, un éxito de 1989. El compositor fue Mikel Erentxun, ex de Duncan Dhu, que se limitó a adaptar la melodía. Perea se hizo famoso gracias a la serie Los Serrano y, desde entonces, vive de esa canción. La pregunta es si el que vive es él o el compositor.
¿Quién se queda con el dinero? La letra pequeña de los derechos de autor
La diferencia entre autor e intérprete es clave. El autor cobra por cada reproducción, mientras que el intérprete solo recibe derechos por su ejecución. En el caso de «Aserejé», Queco se forró; las Ketchup, no. En el de Fran Perea, Erentxun es el autor, así que él cobra. El artista de cara al público es solo la cara visible.
Así que sí, se puede vivir toda la vida de una mala canción. La cuestión es quién se queda con el dinero.