Un pueblo de 3.200 vecinos tiene 93 cámaras de vigilancia
¿Se están llenando las calles de cámaras? Cualquiera que conduzca por una carretera comarcal o pasee por un barrio tiene esa sensación. Pero la magnitud real se percibe en un dato: municipios de apenas 3.200 habitantes cuentan ya con 93 cámaras distribuidas entre calles, contenedores y accesos. No hace falta ser un conspiranoico para preguntarse cuándo pasó esto y, sobre todo, para qué.
La saturación llega a los pueblos
En pequeñas localidades de Toledo y Cataluña, las cámaras cubren caminos que solo usan cuatro vecinos, carreteras de cemento y hasta contenedores de basura. Hay quien cuenta historias cotidianas de este despliegue: un inquilino fue identificado por tirar una televisión de tubo en un contenedor. En otro municipio, la entrada y salida del pueblo se vigila con lectores de matrículas instalados después de una ola de robos que resultó ser un único golpe a tres tiendas.
¿Seguridad o negocio?
El argumento oficial es la prevención del delito. Pero entre quienes conviven con estas instalaciones, el escepticismo es la tónica. Se señala que los robos no han descendido ni un ápice en zonas donde se instalaron, que los delitos violentos siguen su curso mientras las cámaras «funcionan» cuando la multa lo requiere y que, en caso de robo real, muchas grabaciones resultan estar estropeadas o las imágenes no son útiles para la denuncia. Además, se denuncia que el entramado de contratación municipal de videovigilancia se convierte en ocasiones en un pozo de comisiones y contratos a dedo.
El vacío legal y la contracultura
La mayor parte de las cámaras que apuntan a la vía pública no cuelgan de la policía. Comercios y particulares instalan sus propias cámaras, a menudo invadiendo el espacio público sin protocolo alguno. La Agencia Española de Protección de Datos (AEPD) es la única que podría poner orden, pero la denuncia masiva es una herramienta que casi nadie se atreve a usar. Mientras tanto, crece la réplica ciudadana: punteros láser de menos de 20 euros capaces de freír sensores y teléfonos envueltos en papel de aluminio como jaula de Faraday. El debate se plantea en términos de control, no de seguridad.
Al final, quizá no haya nada que ocultar. Pero la próxima vez que un lector de matrículas te registre en la salida del pueblo, recuerda: todo es por tu seguridad. Incluso cuando la cámara está apagada.