Incendios y descarrilamientos: la racha que EEUU no explica
Estados Unidos no sufre una oleada de sabotajes probados. Sufre algo más incómodo: una acumulación de incendios industriales, explosiones y descarrilamientos que, puestos en fila, parecen un guion. El detonante fue el descarrilamiento con vertido tóxico en
East Palestine (Ohio). Desde entonces, cada tren de mercancías se mira como una amenaza. Después llegaron un almacén en llamas en el condado de Osceola (Florida), un tren descarrilado en
Van Buren (Arkansas), la explosión en la planta química Ineos Phenol de
Pasadena (Texas), la deflagración en una fábrica de chocolate de Reading (Pensilvania), otra en Richmond (Indiana) y el hundimiento de una barcaza con
1.400 toneladas de metanol en el río Ohio.
Ninguno lleva firma. Y ahí arranca el lío.
La estadística que enfría la hipótesis del sabotaje
Conviene bajar el volumen antes de gritar conspiración. Según la estadística que se cita en el debate, entre
1990 y 2021 se contabilizaron
54.539 descarrilamientos en el país, una media de
1.704 al año. Lo anómalo no es que un tren se salga de la vía, sino que varios lo hagan en pocos días y en estados distintos. Esa concentración es el único argumento sólido de quien sospecha algo coordinado, y también su punto flaco: las series estadísticas no distinguen entre un sabotaje y una traviesa podrida.
Hay una explicación menos épica y más aburrida. La red ferroviaria estadounidense acumula décadas de mantenimiento aplazado. Un país que gasta en lo urgente y aplaza lo importante acaba con vías viejas, vagones viejos y compañías que comparan el coste de una reparación con el de una indemnización. El resultado son imágenes como la de White Plains (Alabama), con otro tren de Norfolk Southern fuera de la vía semanas después del incidente de Ohio.
¿Sabotaje extranjero, falsa bandera o simple accidente?
Aquí el análisis se abre en tres corrientes. La primera sostiene que hay una venganza en marcha por el Nord Stream y por el apoyo a Ucrania, y que servicios de potencias rivales habrían activado agentes durmientes para golpear infraestructuras civiles. Nunca habrá reivindicación, argumentan, igual que no la hay cuando actúa una agencia propia. La segunda apunta hacia dentro: una operación de falsa bandera destinada a justificar medidas excepcionales. La tercera, la menos glamurosa, ve chapuza acumulada y coincidencia.
Los indicios que se esgrimen pesan distinto según quién los cuente. Una colisión de dos helicópteros
HH60 Blackhawk de la 101ª División Aerotransportada en el condado de Trigg (Kentucky) no la organiza un aficionado. La explosión en South Fork Dairy Farm, cerca de
Dimmitt (Texas), con
18.000 cabezas de ganado muertas y una persona herida crítica, tampoco. Pero mezclar un accidente laboral con un ataque deliberado es un truco viejo: cuanto más larga la lista, más fácil confundir causa con casualidad.
Los incidentes más citados de la racha
- Barcaza hundida en el río Ohio con 1.400 toneladas de metanol, el mismo cauce del vertido de East Palestine.
- Explosión e incendio masivo en la planta de Ineos Phenol en Pasadena (Texas).
- Incendio industrial en Richmond (Indiana) cuyo humo, según los informes citados, se desplazó hacia Ohio.
- Descarrilamiento en Rockwood (condado de Somerset, Maine) con advertencia por posibles materiales peligrosos.
- Incendio en una planta química de Brunswick (Georgia) y orden de refugio en un radio de media milla.
A eso se suman los focos que circulan en cronologías no oficiales: Noruega, Ohio, Luisiana, Texas, Hawái, Illinois y Montreal, además de un incendio en una instalación industrial de Chicago y el choque de un tren de Brightline con un remolque de transporte de automóviles en el condado de Broward (Florida), en plenas inundaciones de Fort Lauderdale. Esa enumeración, que ninguna autoridad ha verificado, hace más trabajo que cualquier comunicado.
El Kursk, el Nord Stream y la memoria del sabotaje
La comparación histórica que más se repite es la del submarino Kursk. El argumento es simple: si se puede hundir un submarino o volar un gasoducto sin consecuencias, entonces todo está permitido. La discusión se apoya también en un recorte de prensa de
1981 sobre los apoyos de Cuba, Argelia y la Unión Soviética a ETA, rescatado como prueba de que los manuales del sabotaje tienen padrinos antiguos y conocidos. Es arqueología, no prueba de nada, pero explica por qué la conversación deriva tan rápido hacia la geopolítica.
Y una digresión inevitable: el
calentamiento global aparece como explicación comodín de los incendios, con la misma soltura con la que se culpa a los globos chinos. Cuando un fenómeno tiene tres causas incompatibles circulando a la vez, la más probable casi nunca es la más divertida.
Lo que cabe esperar
Con estos mimbres, lo previsible es más de lo mismo: incidentes que se acumulan, ningún comunicado oficial que los conecte y una opinión pública que ya no distingue entre una vía en mal estado y una venganza internacional. Si en las próximas semanas aparece un detenido con nombre extranjero y domicilio cerca de una subestación, la tesis del ataque orquestado se consolidará en cuestión de horas. Si no aparece, la lista seguirá creciendo y la estadística de 1.704 descarrilamientos anuales seguirá ahí, aburrida, recordando que el desastre también se fabrica a base de recortes de mantenimiento.