China: de Urumqi a las mayores protestas desde 1989
El covid cero chino se ha roto en la calle. Tras el incendio de un bloque de viviendas en Urumqi, circulan vídeos de protestas contra los confinamientos en varias ciudades del país y algunas fuentes hablan ya de las mayores movilizaciones desde 1989, con el fantasma de Tiananmen en las comparaciones. La cifra más repetida en esos mensajes es brutal:
44 personas fallecidas en su propio domicilio, en un edificio cuyos vecinos estaban encerrados con las puertas atrancadas desde fuera, según el relato que acompaña a las imágenes. La discusión va mucho más allá del suceso: si esto es una grieta real del aparato o un episodio que el partido puede contener sin despeinarse.
¿Qué ocurrió en Urumqi el 23 de noviembre?
El incendio de un bloque de viviendas en Urumqi, en la región de Xinjiang, se convirtió en el detonante. Los mensajes que se difunden sitúan el fuego el 23 de noviembre y hablan de
44 muertos que no pudieron salir de sus casas porque las puertas estaban bloqueadas por fuera. La ciudad acumulaba entonces más de 100 días de confinamiento estricto por el covid cero, un dato que aparece repetido en los vídeos como explicación del desastre.
Las grabaciones muestran concentraciones nocturnas con gritos de «stop lockdown» y «we are human being», consignas que se han convertido en el lema de la oleada. La difusión de este material se apoya en cuentas que recopilan contenido de redes sociales chinas y que lo traducen para audiencias fuera del país, porque dentro el asunto apenas circula.
De Lanzhou a la fábrica del iPhone: el mapa de las protestas
El descontento no se quedó en Xinjiang. En Lanzhou, los manifestantes destruyeron cabinas de pruebas PCR durante una protesta nocturna contra las medidas de encierro. En Guangzhou se han difundido imágenes de concentraciones contra el confinamiento cero. Y en la que se presenta como la mayor fábrica de iPhone del mundo, trabajadores se enfrentaron al personal de seguridad por las restricciones sanitarias y por salarios impagados, un episodio que añade una pata laboral a un conflicto que hasta ahora era sanitario.
A esto se suma el cierre de varias universidades, que no abrieron sus puertas al día siguiente del incendio. La imagen completa, por tanto, mezcla tres cosas distintas —luto, encierro y nómina— bajo una misma consigna.
¿Por qué se compara con 1989 y no con una simple queja vecinal?
Porque la escala que se atribuye a las protestas no tiene precedente reciente. Algunas fuentes sostienen que son las mayores desde 1989, y de ahí el aviso que encabeza la discusión: que no acaben en otra plaza. Es una comparación que conviene manejar con pinzas, porque el paralelismo lo lanzan voces y cuentas de redes, no un recuento verificable de asistentes.
Hay además un problema de visibilidad que condiciona cualquier cifra. La estimación que circula es que
el 85% de la población china no se entera de estas cosas salvo que viva con la VPN puesta las 24 horas. El partido controla los medios y el flujo de información, de modo que las protestas existen en la calle y en el exterior a la vez, pero no en la pantalla del vecino. De ahí el escepticismo de quien recuerda que las protestas de Sri Lanka o lo que ocurre en Yemen no han tenido ni una décima parte de esta cobertura.
El covid cero como experimento y la memoria de los medios
La otra capa del asunto es el propio modelo. Hace apenas un año, las televisiones en España presentaban el covid cero chino como el ejemplo a imitar frente al caos europeo; hoy los mismos medios describen a China como un régimen que encierra a su población. El cambio de marco es tan rápido que invita a preguntarse si el problema era el método o simplemente quién lo aplicaba.
En el trasfondo aparece la sospecha, muy extendida en esta discusión, de que el encierro global no fue una respuesta sanitaria improvisada sino un ensayo de control social que se probó primero en China. Es una hipótesis que no está respaldada por pruebas y que se cruza con la teoría de la «plandemia». Conviene separar los planos: el descontento por los confinamientos es un hecho verificable en las imágenes; la genealogía conspirativa del virus es otra cosa.
China, ¿modelo a imitar o coloso con pies de barro?
Aquí la discusión se abre del todo. Un sector defiende que el régimen chino no tiene ningún interés en exportar su modelo: le basta con que Occidente siga distraído con sus propias peleas mientras él se queda con los recursos naturales de África y Sudamérica. Otro recuerda que hay dirigentes globales que sí lo admiran en público —se cita a Klaus Schwab hablando de los logros chinos de los últimos 40 años como modelo a seguir— y que el capitalismo de estado no es un invento chino, sino una copia adaptada.
El argumento más incómodo para el relato oficial es el económico: no se sostiene indefinidamente un país con millones de pobres al servicio de la vitrina de gran potencia. La guerra de Rusia contra una provincia, y no contra Estados Unidos, se pone como aviso de lo que pasa cuando la propaganda va por delante de la caja. Y quien mire a la dictadura china para justificar la propia, recibe el recordatorio de que las dictaduras del este asiático acabaron saliendo una tras otra.
Con la información disponible, lo único sólido es que la calle se movió y que el aparato todavía no ha dado una respuesta visible. Si el episodio queda en un puñado de noches de protesta o marca el arranque de algo más largo, es exactamente lo que nadie puede asegurar hoy.