Hibristofilia: cuando el amor por un asesino termina en un doble crimen
¿Qué lleva a una enfermera de 37 años a iniciar una relación con un preso que acaba de cumplir condena por asesinato y a llevárselo a vivir a casa con su hija de 13? El caso de Kayla Blake, en Missouri, acabó con ella y su hija muertas. El suceso se ha convertido en el ejemplo más extremo de la hibristofilia, la atracción por personas que han cometido delitos graves, y ha reabierto un debate incómodo: ¿estamos ante una parafilia sin tratar o ante una irresponsabilidad previsible?
Qué se sabe del caso
Kayla Blake trabajaba como enfermera en un centro de tratamiento de adicciones. Según los documentos de investigación citados por el Lexington Herald-Leader, conoció a Cottrell en la prisión donde estaba encarcelado. Cuando él salió en libertad, iniciaron una relación y Cottrell se mudó a su casa, donde vivía también Kennedi McWhorter, la hija de Kayla, de 13 años. El desenlace fue doble crimen: ambas aparecieron muertas poco después. La concatenación de decisiones —libertad de un asesino, relación, convivencia con una menor— no necesita subrayado.
Hibristofilia: la atracción que nadie quiere tratar
La hibristofilia no aparece como diagnóstico en los manuales de psiquiatría, pero el fenómeno es persistente. Ted Bundy acumulaba cartas de admiradoras en su celda; Daniel Sancho, en prisión por el crimen de Bangkok, también recibe correspondencia femenina. No es un gusto por los «malotes», sino una idealización del transgresor que a menudo se apoya en la fantasía de la redención: «yo puedo cambiarle». El problema es que el objeto de esa fantasía ya demostró de lo que es capaz.
El factor asistencial
Hay un patrón que sobrevuela el caso: el perfil de quien trabaja en cuidados y reinserción. Enfermeras, psicólogas, trabajadoras sociales y voluntarias aparecen una y otra vez en este tipo de historias. No porque sean más ingenuas, sino porque se acercan al preso en un contexto de vulnerabilidad y confidente. Lo que en el marco penitenciario es empatía, fuera de él se convierte en una cuerda floja sin red de seguridad. El riesgo no es solo individual: la convivencia con una menor traslada el peligro a un tercero que no eligió.
Un debate entre la responsabilidad y la enfermedad
La discusión que ha generado el caso es áspera. Hay quien sostiene que la madre expuso a su hija a un riesgo absurdo y que la culpa es individual e intransferible. Hay quien reclama que la hibristofilia se aborde como un problema de salud mental, con tratamiento y prevención, en lugar de esperar a que termine en tragedia. Ambas posiciones tienen un punto ciego: la niña de 13 años era la única inocente, y pagó el coste más alto.
Que un hombre condenado por asesinato salga de prisión y encuentre en la misma institución a la persona que le facilitará una vida en libertad es una falla del sistema. La reinserción social suena muy bien sobre el papel. El problema es que a veces la encargada de reinsertarlo se enamora del reinsertado. Y no hay curso de verano que enseñe a desenamorarse a tiempo.