Los muros que no aguantan el tipo en Azuqueca
El derrumbe de los muros de una promoción de viviendas nuevas en Azuqueca no es un accidente aislado, sino un síntoma de lo que muchos llaman "chapuzas de final de ciclo". La imagen de los ladrillos esparcidos por el suelo ha reabierto el debate sobre la calidad de la construcción en un mercado que, pese a los precios disparados, parece no poder garantizar lo más básico: que las paredes se mantengan en pie.
Las causas apuntan en varias direcciones. Por un lado, la falta de mano de obra cualificada: trabajadores que pasan de conductor a celador y de ahí a "dios de la construcción" en cuestión de meses. Por otro, la presión de la banca, que empuja a las promotoras a terminar como sea antes de que se cierre el grifo del crédito. Y luego está el comprador, que paga 300.000 euros por un piso con piscina, pádel y seguridad, pero acaba viendo cómo se le cae la fachada.
La anécdota de un forero que en los 80 levantó una medianera que se vino abajo tras un temporal sirve como metáfora: a veces, por mucho que uno se esfuerce, los elementos (o los intereses) se confabulan. Pero aquí no hubo temporal, solo una ejecución deficiente y un control de calidad que brilla por su ausencia.
Queda la sensación de que el ladrillo, ese activo refugio, es cada vez más frágil. Mientras el mercado no penalice estas prácticas, los derrumbes seguirán siendo noticia. O no, quizá el próximo comprador tenga más suerte y su sueño de 200 euros de comunidad no acabe en escombros.