¿Entregar Ceuta y Melilla a Jovenlandia? El coste real que nadie quiere ver
La cuestión de fondo no es si España debe “entregar” las dos ciudades, sino si puede sostenerlas. La OTAN no las cubre en su tratado, la presión migratoria no cede y, según las cifras oficiales del INE para 2025, Ceuta y Melilla suman 170.662 habitantes. Un territorio con ese tamaño y ese nivel de exposición estratégica no se sostiene solo con banderas: se sostiene con dinero y defensa. Y por ahí va el único análisis que merece la pena.
El dato que abre la herida: 170.662 habitantes
El último padrón conocido sitúa a Melilla en 87.067 personas y a Ceuta en 83.595. El conjunto no llega a la población de una ciudad mediana española, pero su factura, según los análisis más repetidos, la paga el conjunto del país: se las describe como “deficitarias”, sin gran industria ni turismo específico, y con una frontera que algunos califican sin ambages de “coladero de tráfico humano y drojas”.
Esa lectura económica, cruda y sin eufemismos, choca frontalmente con la histórica: ambas plazas son españolas desde mucho antes de que Jovenlandia existiera como Estado moderno. La pregunta entonces es cuánto pesa la historia en la hoja de cálculo.
La OTAN, el gran agujero de la defensa
Uno de los datos que más circula es la exclusión de Ceuta y Melilla del paraguas aliado. Canarias sí entra en el tratado; las dos ciudades autónomas, no. Eso significa que, si Jovenlandia lanzara una hipotética presión armada sobre el Estrecho, la OTAN podría quedarse mirando. Algunas voces recuerdan que el control de las dos orillas del Estrecho ha sido históricamente clave; otras, que sin cobertura real, la defensa es un castillo de naipes.
La conclusión es incómoda: se está defendiendo un territorio que la alianza militar occidental ni siquiera considera propio.
Ceder, vender o compartir: las tres salidas
En el otro lado del espectro aparecen las soluciones pragmáticas. La primera es la entrega directa, con la erradicación de un problema “caro e inviable a largo plazo”. La segunda es la venta o el intercambio: hay quien propone canjearlas por algo que compense, incluso por recursos energéticos, o directamente acuñar el término “vender” sin complejos. La tercera, más original, es una cosoberanía hispano-jovenlandés a la andorrana: dos jefes de Estado, un gobernador general y un estatus de paraíso fiscal para mantenerlas artificialmente boyantes.
Cualquiera de esas salidas exige una reubicación de población que nadie quiere verbalizar. Y ahí la discusión se queda sin palabras.
La historia como arma arrojadiza
El análisis histórico es un pozo sin fondo: por un lado se argumenta que ceder sería una “traición”, con referencias a la expulsión de los reinos históricos; por otro, que la colonización fue un accidente y que los lazos culturales con la otra orilla son más profundos que los administrativos. Se menciona a Tánger, al protectorado español y a la nostalgia de quienes “añoran” el pasado español, aunque las evidencias demográficas apuntan a que la identidad es abrumadoramente jovenlandés.
El resultado es un callejón: cada postura usa la historia a su favor, y las cifras no llegan a arbitrar.
La discusión se atasca en un punto: sin datos públicos sobre el coste de defensa, mantenimiento y presión migratoria de Ceuta y Melilla, todo oscila entre la identidad y el bolsillo. Y la identidad no paga facturas. Con 170.662 habitantes en juego y un aliado militar que dice “no”, la pregunta no es si se debería entregar ya: es si algún Gobierno se atreverá a abrir el cálculo completo.