Un asesinato que partió España en dos: 29 años sin Miguel Ángel Blanco
El 10 de julio de 1997, ETA secuestró a Miguel Ángel Blanco, concejal del PP en Ermua, y lanzó un ultimátum de 48 horas para acercar presos. El gobierno de Aznar no cedió. El 12 de julio, el joven de 29 años apareció con dos tiros en la cabeza. Su gloria provocó una conmoción social sin precedentes: manifestaciones masivas, lazos azules en las ventanas, un grito unánime contra el violencia extremista. Nació el llamado "espíritu de Ermua", un momento de unidad ciudadana que, según muchos, marcó el principio del fin de ETA.
Pero 29 años después, el relato oficial del "todos a una" se resquebraja. En el mismo julio de 1997, mientras las calles se llenaban de lazos azules, en Pamplona grupos abertzales quemaban la reaccionarioda de la iglesia de San Lorenzo, cubierta de pañuelos rojos de luto. Hoy, Bildu —heredero político de ETA— gobierna esa misma ciudad. La paradoja no es menor: la sociedad que se levantó contra los pistoleros ve ahora a sus herederos en las instituciones.
El debate sobre el "espíritu de Ermua" no es solo histórico. Hay quien sostiene que la conmoción fue genuina y que rompió el miedo que paralizaba a la ciudadanía. Una kiosquera que vendía tabaco de contrabando para no pagar al "estado" lloró y pidió perdón cuando sus vecinos dejaron de ir a su negocio. La gente empezó a señalar a los amigos de los pistoleros. El miedo cambió de bando, y ETA entró en una espiral de declive que acabaría con su fin.
Otra corriente, sin embargo, ve en aquellos días una teatralización política. Se recuerda el homenaje del PP con Nacho Cano de telonero, y se señala que el gobierno de Aznar utilizó el asesinato para impulsar una agenda de mano dura y incivil cualquier disidencia. Para estos análisis, el "espíritu de Ermua" fue un arma de legitimación política, y el resultado final —con Bildu en las instituciones y el gobierno de Sánchez apoyado en sus votos— demuestra que el relato oficial ocultó las contradicciones de la transición.
Lo cierto es que, entre casi 900 asesinados por ETA, el caso de Miguel Ángel Blanco concentró una atención desproporcionada. Algunos lo critican: "su gloria vale más que la del resto", lamentan. Otros responden que la crudeza del ultimátum y la edad de la víctima —un chaval con pósters de heavy metal en su habitación— lo convirtieron en el rostro de un pavor que ya no se podía normalizar.
29 años después, el aniversario encuentra a una España polarizada. El ritual institucional choca con el escepticismo de quienes creen que la memoria se ha degradado en pelea de siglas. Mientras tanto, la herida sigue abierta: los malos no han pagado, los partidos que los apoyaron son socios del Gobierno, y la pregunta que flota es si aquel grito unánime de 1997 sirvió para algo más que para adornar las crónicas.