La dieta española se degrada: más ultraprocesados, menos cocina casera y precios que aprietan
Cada vez más motos de reparto, más puestos de kebabs, más arepas de harina de maíz barata y menos gente cociendo un cocido. La percepción de que España come peor que hace una generación se ha instalado como una convicción. Pero ¿es nostalgia o hay datos que lo confirmen?
El fin de la cocina tradicional
La proliferación de comida rápida y a domicilio no es una impresión: en muchas ciudades los locales de kebab y hamburguesas gourmet se multiplican, mientras que las tiendas de ultramarinos tradicionales menguan. Quienes aún cocinan en casa lo hacen cada vez menos. La razón principal no es la pereza, sino los horarios laborales. Con dos sueldos fuera de casa, disponer de tiempo para ir a comprar y preparar una comida elaborada es un lujo que muchos no pueden permitirse. El batch cooking —cocinar para varios días— es la solución que proponen algunos, pero choca con la idea de que la comida recalentada pierde calidad, aunque platos como los guisos ganan con el reposo.
Precios que expulsan la carne y el pescado de la mesa
Los precios de los alimentos han subido con fuerza. Una docena de cigot medianos en Mercadona alcanza los 3,10 euros, mientras que en Estados Unidos se encuentra por 2 dólares, y ajustado a ingresos la diferencia es abismal. El menú del día en bares de toda la vida roza ya los 15 euros, y en muchos sitios han recortado el postre o el café. Según un análisis citado en la discusión, una de cada tres familias ha renunciado a la carne y el pescado para poder pagar el alquiler o la hipoteca. La obesidad en EE.UU. afecta a casi la mitad de la población; algunos ven el mismo camino para España si no se revierte la tendencia.
¿Falta de tiempo o falta de voluntad?
No todo es economía. Hay quien defiende que comer bien es cuestión de organización y que en 45 minutos de horno se puede tener un pollo con limón y hierbas. La clave está en la disposición a aprender técnicas básicas —olla exprés, plancha, horno— y en huir de los ultraprocesados. Otros señalan que la industria alimentaria ha creado una dependencia: las apps de delivery, los platos preparados de supermercado y la publicidad empujan a consumir harinas refinadas, azúcares y grasas de baja calidad. La cocina tradicional, con sus legumbres, verduras de temporada y cocciones lentas, se está perdiendo como lágrimas en la lluvia.
Sin consenso, pero con un diagnóstico compartido
El debate deja claro que hay una conciencia generalizada de que algo ha cambiado a peor. Ni la abundancia de frutas tropicales fuera de temporada ni la mejora en la cadena de frío compensan la pérdida de hábitos culinarios y el encarecimiento de los alimentos básicos. La pregunta que queda en el aire es si la sociedad española será capaz de revertir esta deriva o si, como ha ocurrido en otros países, la comodidad y el precio terminarán imponiendo una dieta más pobre.
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