Madrid deja sin circular a 1,2 millones de coches sin etiqueta
Un parque móvil entero apagado de un día para otro. Desde el
1 de enero de 2025, los coches sin etiqueta ambiental no podrán circular por Madrid, y el censo de afectados ronda
1,2 millones de vehículos. El número exacto es discutible —hay quien lo eleva a dos de cada tres automóviles censados en la ciudad y quien lo considera un disparate—, pero el efecto es el mismo: la zona de bajas emisiones deja de ser un experimento y pasa a ordenar la vida diaria de la capital. Para justificarla se invoca normativa supranacional, la
Agenda 2030 y compromisos que ningún ayuntamiento firma en solitario.
¿Qué cambia exactamente el 1 de enero en Madrid?
A partir de esa fecha, los vehículos sin distintivo ambiental quedan fuera de la circulación. La restricción golpea con más fuerza a quien entra desde fuera de la capital: los no residentes lo tienen todavía más difícil, y no siempre basta con vivir en Madrid. Si el coche está a nombre de otra persona, el padrón no salva del corte, y hay quien lleva años empadronado con el vehículo fuera del sistema.
Sobre el papel, la medida no es pionera. Barcelona ya aplica una restricción equivalente, con el mismo mensaje de fondo: quien no tenga etiqueta se queda fuera por el bien del planeta. La diferencia es de escala, porque Madrid no es una ciudad cualquiera dentro del mapa nacional: lo que se aprueba en la capital suele acabar copiándose en el resto del país, de la almendra central a la última aldea.
La ciudad cortada en zonas: de Chamberí a Usera pasando por Moncloa
El trayecto que relata una vecina tiene tres saltos para un solo destino. Su suegra vive en Chamberí, su cuñada en Usera, y para reunirlas hay que salir hasta Moncloa, cruzar de zona y repetir el rodeo a la vuelta. Trayectos en zigzag, gasolina quemada y tiempo perdido por una ciudad que cada vez se parece más a un puzle de territorios estancos.
Ahí aparece una de las objeciones más repetidas: el beneficio claro para el residente del barrio céntrico frente al que solo quería atravesar la ciudad. Quien vive y trabaja dentro de su zona nota la mejora; quien depende del coche para salir a otra se topa con fronteras que antes no existían. Y las fronteras se notan sobre todo en los límites: la calle de enfrente pasa a ser otro mundo para aparcar, sin aviso previo.
El patinete, la alternativa que también se cae
El discurso oficial ofrece el transporte público como solución. Pero hay un eslabón que se rompe: los patinetes eléctricos están prohibidos en Metro y en Cercanías, lo que elimina la última milla de miles de desplazamientos. Los de alquiler cargan con otra losa, porque quien sale de noche o va al cine no va a llevarse el suyo para dejarlo en la calle expuesto al robo.
La versión oficial sostiene que la red está preparada y que las Cercanías funcionan bien. Los viajeros de la hora punta no parecen tan convencidos, y la ampliación de metro se presenta como la respuesta a un aumento de usuarios que todavía no ha llegado.
La etiqueta que salva un gasolina de 2002 y condena un diésel de 2005
El sistema clasifica por año y combustible, no por emisiones reales. Un conductor con
nueve años de residencia en Madrid ha resuelto el trámite subiendo desde Cádiz un utilitario de gasolina de
2002 que sí lleva etiqueta B, mientras deja parado un diésel de
2005 que, según su experiencia, funcionaba mucho mejor. La paradoja es de manual: el coche más viejo conserva el derecho a circular y el más moderno se queda en el garaje.
El matiz técnico no es menor. Un gasolina con catalizador e inyección indirecta emite una fracción de lo que suelta un diésel antiguo, pero el sello depende de la categoría administrativa y no del tubo de escape. Quien tiene un gasolina de inyección directa —vendido a mansalva durante años— se mueve en una zona gris según el régimen del motor.
¿Se siguen pagando impuestos si no puedes circular?
Sí. El impuesto de circulación se paga en el ayuntamiento donde está domiciliado el vehículo, no en cada municipio por el que se rueda, y el tributo no se suspende porque el coche duerma en el garaje. El resultado es una sensación incómoda: pagar por un permiso que ya no se puede usar.
La alternativa sobre la mesa para quien no pueda permitirse un coche nuevo se cifra, en el cálculo más repetido, en torno a
40.000 euros por un eléctrico. Una cantidad que deja fuera a buena parte de las economías domésticas, precisamente a las que el plan dice querer proteger del aire sucio.
¿Hay forma de recurrir la prohibición?
Existen varias causas abiertas en los tribunales que piden anular las zonas de bajas emisiones por discriminatorias, y la vía judicial se presenta como la única salida real para quien no tiene mayoría política a favor. El argumento de fondo: una etiqueta no puede decidir por sí sola quién tiene derecho a moverse.
El precedente más repetido no es lejano. Durante un mandato anterior se intentó extender la zona de estacionamiento regulado a un barrio obrero y la medida acabó retirada: las marcas viales amanecían repintadas cada noche, los tótems aparecían destrozados y los controladores se convertían en blanco de las protestas. El consistorio reculó.
Con 1,2 millones de coches fuera y un transporte público que nadie ha probado a fondo en un enero de hora punta, la pregunta no es si la medida baja emisiones. Es quién paga el experimento. Y si aquella zona verde ya se retiró una vez, cabe preguntarse qué hace pensar que esta vez será distinto.