El estado palestino que no sale en los Presupuestos
En mayo de 2024, Pedro Sánchez se reunió con sus homólogos de Noruega e Irlanda para impulsar el reconocimiento del Estado palestino. El gesto no tiene partida presupuestaria: reconocer un Estado en los mapas cuesta cero euros. Y, sin embargo, en el tablero político español el precio parece altísimo.
La primera paradoja es la más incómoda: 146 Estados ya habían reconocido a Palestina antes de que Moncloa se apuntara a la lista. Entonces, ¿qué gana realmente Sánchez con un movimiento que no es pionero? Las hipótesis circulan en dos direcciones opuestas.
La hipótesis de la cortina de humo
La lectura más doméstica apunta a que el anuncio llega en un momento muy concreto: con una investigación judicial en el entorno familiar del presidente, con el rifirrafe diplomático con Argentina y con un socio de coalición que pierde oxígeno a ojos vista. Un anuncio de este calado, con foto europea incluida, desplaza el foco informativo durante días.
Hay quien va más allá y lo lee como una jugada electoral frente a las elecciones europeas. El gesto le permite a Sánchez disputar a Podemos y a Sumar la bandera de la causa palestina, un espacio que la izquierda a su izquierda llevaba meses ocupando. No sería la primera vez que la política exterior de Moncloa se dobla a las necesidades del calendario interno.
El factor estadounidense y el tablero internacional
La segunda corriente de análisis mira a Washington. Estados Unidos necesita contener a Benjamín Netanyahu sin pagar el coste político de una ruptura abierta. Si la presión llega desde países secundarios de la OTAN, todos contentos: la Casa Blanca lava su imagen sin ensuciarse. Esta lectura encaja con el hecho de que España, Noruega e Irlanda no son precisamente pesos pesados en Oriente Próximo.
El salto a la geopolítica más especulativa habla de la reconfiguración del orden internacional y de un supuesto alineamiento con el eje ruso-iraní. En las versiones más extremas, el reconocimiento sería el detonante de un conflicto mayor, una suerte de «Maine» contemporáneo con el que Occidente se prepararía para la tercera guerra mundial. Sin pruebas, queda solo eso: una hipótesis.
La lectura económica y el efecto llamada
Desde el punto de vista económico, el coste potencial supera al beneficio tangible. El reconocimiento puede enfriar las relaciones comerciales con Israel, complicar contratos de defensa y abrir un flanco en un sector agrícola español ya castigado. A cambio, el rédito inmediato son titulares.
La preocupación menos elegante, y quizá la más repetida, es la del efecto llamada: que un reconocimiento formal acabe traduciéndose en presión migratoria y en la asunción de cuotas de acogida indeseadas. Ese miedo recorre desde el análisis conservador hasta la conspiración, y explica en parte la virulencia de la reacción.
La vicepresidenta Yolanda Díaz añadió más tensión con su proclama de que «Palestina será libre desde el río hasta el mar», una frase que la propia comunidad internacional considera una apelación a la desaparición de Israel. Sánchez, mientras tanto, consigue lo que buscaba: que se hable de Palestina y no de lo que escuece. ¿Existe una explicación coste-beneficio que cierre definitivamente la pregunta? A la fecha, todas las respuestas son hipótesis y ninguna cuenta con la bendición de los datos.