Un sargento herido y un país que mira hacia otro lado
La imagen debería ser sencilla: un sargento cae herido y lo primero sería preguntar cómo está. En lugar de eso, la conversación salta al sofá y de ahí a la pregunta vieja de siempre: ¿de qué sirve un Ejército que ni defiende el país ni a los suyos? El incidente, recogido por El Mundo, ha abierto una brecha que va más allá del parte médico.
Hay quien lo formula con una rabia que suena a hartazgo acumulado: un chaval que ha salido herido no debería ser llamado cobarde por alguien que opina desde el salón. Frente a esa corriente, otra lectura enmarca el problema donde duele: los mandos, el presupuesto y las órdenes. La defensa nacional funcionaría como un chiringuito al que se recorta munición mientras se compra material que parece de coleccionista. La comparación con el Ministerio de Igualdad, que según esa versión tendría más presupuesto que Defensa, condensa el malestar en una sola frase.
La discusión se extiende a la Guardia Civil, la policía local, los bomberos y la protección civil. Cuerpos a los que se exige todo y se dota de poco. Y en el caso de Ceuta, a unos agentes que reciben instrucciones contradictorias: si actúan, llegan las querellas del Ministerio del Interior y se quedan en la estacada.
No es una defensa de la incompetencia, que también la hay. Es una distinción que en el ruido se pierde: confundir al ministro con el agente que se come el polvo del desierto. El herido, mientras tanto, sigue sin aparecer en el parte de guerra de los que opinan desde el sofá. Y el presupuesto, ese dato incómodo, tampoco.