Religión: Santo evangelio de hoy. Jueves, 24 de septiembre, "Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación" ************Sto.Rosario a las 22.00

Santo evangelio de hoy. Jueves, 24 de septiembre, "Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación" ************Sto.Rosario a las 22.00
RESUMEN

La vida terrenal es fugaz y a menudo insatisfactoria, pero el anhelo humano de plenitud solo se satisface en Dios, mientras que la curiosidad por lo divino puede ser superficial o profunda.

La vanidad de los afanes bajo el sol

El autor del libro de Qohélet, también conocido como el Predicador, nos lanza una verdad que resuena a través de los siglos: "¡Vanidad de vanidades! ¡Todo es vanidad!". Es una afirmación contundente que invita a la reflexión sobre la naturaleza de nuestros afanes diarios. ¿Qué sacamos realmente de todo el esfuerzo, del sudor y las preocupaciones que dedicamos a la vida terrenal? Qohélet observa que las generaciones van y vienen, pero la tierra, esa constante bajo nuestros pies, permanece inmutable. El sol sale y se pone, los ríos fluyen hacia el mar, pero este nunca se llena. El viento sopla en todas direcciones, un ciclo sin fin aparente.

Esta sensación de repetición, de un ciclo perpetuo, puede generar un profundo desencanto. Qohélet lo expresa con crudeza: los ojos nunca se sacian de ver, ni los oídos de oír. Lo que ha ocurrido, volverá a ocurrir; nada es verdaderamente nuevo bajo el sol. Si bien podemos encontrar novedades en la superficie, la esencia de las cosas, las luchas humanas, los anhelos y los errores, se repiten a lo largo del tiempo. Los antiguos ya no son recordados, y es probable que nosotros tampoco lo seamos por las generaciones futuras. Esta fugacidad de la memoria humana subraya la transitoriedad de nuestras propias existencias y de nuestras obras.

La vida, vista desde esta perspectiva, parece efímera y, en muchos aspectos, carente de un significado último si solo nos aferramos a lo material y terrenal. La insatisfacción, el aburrimiento y la rutina se convierten en compañeros frecuentes de quienes buscan la felicidad en las riquezas, el poder, el placer o los honores. Son espejismos que prometen plenitud pero solo ofrecen vacío. El corazón humano, en su esencia, clama por algo más, por un sentido que trascienda la mera existencia física.

El anhelo de lo eterno y el encuentro con lo divino

Frente a la vanidad de lo terrenal, surge la pregunta sobre dónde encontrar esa plenitud que tanto anhelamos. La respuesta, que se ha repetido a lo largo de la historia, apunta hacia lo divino. Nuestro corazón, como bien dijo San Agustín, está inquieto hasta que descansa en Dios. La vida es finita, limitada, y poner nuestra esperanza en lo efímero es construir sobre arena. Qohélet nos insta a detenernos, a examinar nuestras vidas y a preguntarnos si el afán desmedido y el estrés merecen la pena cuando la felicidad verdadera no reside en las cosas que pasan.

El salmo de hoy, el Salmo 89, refuerza esta idea de la brevedad de la vida humana. "Tú reduces el hombre a polvo", dice, comparando mil años en la presencia de Dios con un ayer que ya pasó, una vela nocturna. La vida se compara con la hierba que florece por la mañana y es segada por la tarde. Ante esta realidad, la súplica es clara: "Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato". Pedimos a Dios que nos guíe, que nos conceda la sabiduría para vivir de manera significativa, enfocados en lo que realmente importa.

En el Evangelio, el tetrarca Herodes se entera de los rumores sobre Jesús y no sabe a qué atenerse. Las explicaciones varían: unos dicen que Juan el Bautista ha resucitado, otros que es Elías, o uno de los antiguos profetas. Herodes, que había ordenado la decapitación de Juan, siente una mezcla de inquietud y curiosidad. Se pregunta quién es este hombre del que oye tales cosas y, de hecho, tiene ganas de verlo. Sin embargo, su deseo de ver a Jesús parece nacer más de la curiosidad, del morbo por un posible espectáculo o milagro, que de un anhelo profundo de un encuentro transformador.

La naturaleza del deseo: curiosidad o encuentro

La figura de Herodes nos presenta un contraste interesante. Por un lado, tenemos el anhelo humano de trascendencia, la búsqueda de sentido que nos empuja a mirar más allá de lo cotidiano. Por otro, está la curiosidad superficial, el deseo de presenciar algo extraordinario sin estar dispuestos a que esa experiencia nos cambie. Herodes quería ver a Jesús, pero no necesariamente quería ser visto por Él, ni que Jesús entrara en su vida y la transformara radicalmente. Un encuentro genuino con Cristo implica una apertura total, una disposición a que nuestra vida sea reorientada, a recibir un corazón nuevo.

Hoy en día, la curiosidad por Jesús sigue presente. Algunos buscan lo milagroso, otros lo ignoran, y unos pocos se oponen activamente a su mensaje. Pero también hay muchas personas que, quizás sin ser plenamente conscientes, "desean ver a Jesús". Son aquellos que buscan respuestas a sus inquietudes, que anhelan un sentido más profundo para sus vidas, que sienten ese vacío que solo lo divino puede llenar. Como cristianos, tenemos la tarea de dar testimonio de que Cristo es la respuesta a esas búsquedas, no a través de palabras vacías, sino con una vida que refleje su amor y su verdad.

La reflexión nos lleva a preguntarnos: ¿qué tipo de deseo tenemos nosotros? ¿Buscamos a Jesús por curiosidad, por moda, o estamos dispuestos a un encuentro real que nos transforme? San Juan Pablo II nos animaba a buscar a Jesús con una fe profunda que oriente toda nuestra vida, reconociéndolo como nuestro apoyo y la fuente de la vida eterna. La invitación es clara: no nos conformemos con la vanidad de lo terrenal. Busquemos aquello que perdura, que llena el vacío y da sentido a nuestra existencia. Que nuestro deseo sea el de un encuentro auténtico, capaz de renovar nuestro corazón y guiarnos hacia la verdadera plenitud.

Datos clave
  • El libro de Qohélet describe la vida terrenal como "vanidad de vanidades".
  • El Salmo 89 compara la vida humana con un ciclo efímero y pide sabiduría para vivirla.
  • El tetrarca Herodes sentía curiosidad por Jesús, pero su deseo era superficial.
  • La plenitud humana solo se encuentra en el encuentro con Dios, no en lo terrenal.
  • San Juan Pablo II enfatiza la fe profunda como guía para la vida.
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