Religión: Santo evangelio de hoy. Jueves 1 de octubre, "Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida" ***********************Sto.Rosario a las 22.00

Santo evangelio de hoy. Jueves 1 de octubre, "Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida" ***********************Sto.Rosario a las 22.00
RESUMEN

El Evangelio de San Lucas 10, 1-12 relata el envío de 72 discípulos de dos en dos a predicar el Reino de Dios sin llevar nada material. La primera lectura del libro de Job 19, 21-27 proclama la certeza de ver a Dios a pesar del sufrimiento.

La liturgia de este jueves 1 de octubre pone sobre la mesa un pasaje que incomoda bastante si se lee despacio. No es una parábola amable ni un discurso consolador. Es un envío. Jesús designa a 72 discípulos —no a los doce, a 72— y los manda por delante, de dos en dos, hacia todos los pueblos y lugares adonde él piensa ir después. La cifra no es casual en la tradición judía: 72 eran las naciones del mundo según el libro del Génesis. Es decir, el anuncio no va dirigido solo al pueblo de Israel. Va a todos.

Job, la piel arrancada y una certeza que no se explica

La primera lectura es del libro de Job, capítulo 19, versículos 21 al 27. Job acaba de perderlo todo: hijos, bienes, salud. Y encima tiene que aguantar a tres amigos que durante capítulos enteros le explican que todo esto le pasa por haber pecado. En el fragmento que se lee hoy, Job hace algo que rompe el guion. No discute. No argumenta. Dice: «¡Piedad, piedad, amigos míos, que me ha herido la mano de Dios! ¿Por qué me perseguís como Dios y no os hartáis de escarnecerme?»

Y justo después, en medio del desastre, suelta la frase que ha atravesado siglos: «Yo sé que mi redentor vive y que al fin se alzará sobre el polvo: después que me arranquen la piel, ya sin carne, veré a Dios. Yo mismo lo veré, y no otro; mis propios ojos lo verán».

Lo llamativo no es que Job tenga fe. Es que la tiene sin ningún motivo racional para tenerla. Ha perdido todo lo que podía perder. Su afirmación no es un acto de optimismo. Es un acto de obstinación. La Biblia de Jerusalén titula este pasaje «El triunfo de la fe en el abandono de Dios y de los hombres». Y la descripción no exagera.

El salmo responsorial, el 26, insiste en la misma dirección: «Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida». La petición del salmista —«Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro»— no es la de alguien seguro de sí mismo. Es la de alguien que busca a tientas y decide seguir buscando.

«No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias»

El Evangelio de Lucas 10, 1-12 tiene una dureza que a menudo se pasa por alto. Jesús envía a los 72 sin equipo. Sin bolsa, sin alforja, sin sandalias. Y les prohíbe saludar a nadie por el camino. No es una metáfora suave sobre la confianza en la providencia. Es un protocolo de actuación concreto: no dependes de tus recursos. Dependes de la hospitalidad de quien te reciba.

«La mies es abundante y los obreros pocos», dice Jesús. La frase se cita mucho, pero conviene fijarse en lo que viene después: «Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies». No dice que busquen más obreros por su cuenta. Dice que pidan. Y luego: «¡Poneos en camino!». La oración y el envío van juntos, no en secuencia.

El mensaje que deben predicar es de una simplicidad que desconcierta a cualquiera que espere un discurso elaborado: «El reino de Dios ha llegado a vosotros». No un tratado teológico. No una lista de normas. Un anuncio. Y va acompañado de algo muy concreto: «curad a los enfermos que haya en ella». La palabra y la acción, juntas. Si no hay curación, la palabra se queda coja. Si no hay palabra, la curación es solo medicina.

Hay otro detalle que no suele destacarse. Cuando entren en una casa, deben quedarse en esa misma casa, «comiendo y bebiendo de lo que tengan». No cambiar de casa buscando mejores condiciones. Esto tiene una lectura práctica: el que anuncia el Reino no puede ir buscando comodidades. Y el que recibe al enviado tampoco puede usar la hospitalidad como moneda de cambio.

Santa Teresita y el mes que empieza hoy

El 1 de octubre la Iglesia celebra a Santa Teresa del Niño Jesús, más conocida como Santa Teresita de Lisieux. Nació en Alenzón, Francia, el 2 de enero de 1873, y murió en Lisieux el 30 de septiembre de 1897, con 24 años. Fue monja carmelita, de clausura estricta. Nunca salió de Francia. Nunca predicó en una plaza pública. Y sin embargo, en 1927 el Papa Pío XI la nombró patrona universal de las misiones, junto con San Francisco Javier.

La elección tiene una lógica que a primera vista parece contradictoria: una monja de clausura que no pisó tierra de misión es patrona de los misioneros. Su «camino pequeño», como ella lo llamaba, consistía en hacer las tareas ordinarias con amor extraordinario. Rezar, ofrecer, sostener desde la retaguardia a quienes estaban en el frente. En su autobiografía, «Historia de un alma», escribió: «Canto lo que quiero creer». No lo que veo, no lo que siento. Lo que quiere creer.

Octubre es, además, el mes de las misiones. La fecha no es arbitraria: el penúltimo domingo de octubre se celebra la Jornada Mundial de las Misiones, conocida como Domund. En 2025, el Domund se celebra el domingo 19 de octubre, bajo el lema que la Santa Sede designe para ese año. La jornada se instauró en 1926 por el Papa Pío XI y es una de las colectas más importantes de la Iglesia católica a nivel mundial.

El envío de los 72 del Evangelio de hoy y la figura de Santa Teresita se cruzan en un punto que no es retórico. Jesús no envía solo a los doce apóstoles. Envía a 72. Y no todos van a predicar a las plazas. Algunos sostienen desde la oración, desde la enfermedad, desde la clausura. La misión no es un club selecto de especialistas. Es, según el texto, un encargo que alcanza a cada uno en el estado de vida en el que esté.

El Papa Francisco ha insistido en esta idea en varios documentos: la Iglesia no tiene misiones, la Iglesia es misión. La frase resume bien lo que plantean las lecturas de hoy. Job no era misionero. Era un hombre enfermo que dijo «yo sé». Santa Teresita no era misionera en el sentido geográfico. Era una monja de clausura que murió a los 24 años. Y los 72 del Evangelio no eran apóstoles. Eran discípulos corrientes enviados sin nada.

Lo que queda cuando se quita todo

El hilo que une las tres lecturas de este jueves es la desposesión. Job pierde todo y encuentra una certeza que antes no tenía. Los 72 son enviados sin nada y descubren que la hospitalidad ajena sostiene el anuncio. Santa Teresita renuncia a una vida normal a los 15 años para entrar en un convento donde no hará nada extraordinario a ojos humanos.

No es un mensaje cómodo para una sociedad que mide el éxito en resultados visibles. El texto evangélico no promete que todos recibirán el mensaje. De hecho, contempla explícitamente el rechazo: si no os reciben, sacudid el polvo de los pies y seguid adelante. La misión no depende del éxito. Depende de la fidelidad al envío.

La frase del salmo que da título a la liturgia de hoy —«Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida»— no promete resultados inmediatos. Promete una esperanza. Y la sostiene, curiosamente, alguien que está en medio del sufrimiento cuando la pronuncia. Ahí está el asunto. La esperanza no es la conclusión de un razonamiento. Es lo que queda cuando se ha quitado todo lo demás.

Datos clave
  • Lucas 10, 1-12 narra el envío de 72 discípulos de dos en dos, sin bolsa, sin alforja y sin sandalias.
  • Job 19, 21-27 proclama «yo sé que mi redentor vive» tras perder hijos, bienes y salud.
  • Santa Teresita de Lisieux (Alenzón, 2 de enero de 1873 – Lisieux, 30 de septiembre de 1897) fue nombrada patrona universal de las misiones en 1927 por Pío XI.
  • El Domund se celebra el penúltimo domingo de octubre; la jornada fue instaurada en 1926 por Pío XI.
  • El salmo responsorial es el 26 y su respuesta es «Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida».
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